La entrevista Rajoy-Zapatero prevista para este lunes en el palacio de la Moncloa puede ser las más corta de todas las celebradas entre los dos políticos si triunfan las tesis del sector más radical del PP, que ha aconsejado al líder del partido que suspenda el encuentro o, por el contrario, se limite a saludar, por cortesía, al presidente del Gobierno y se vaya.

Rajoy no parece partidario de ese escenario, y aunque dicen que está dolido por las últimas declaraciones de Zapatero a Iñaki Gabilondo en la Cuatro (la televisión, no la terminal), especialmente por sus acusaciones de deslealtad, está dispuesto a presentarle una serie de condiciones para que el PP apoye al Gobierno en la nueva etapa que se acaba de abrir con la ruptura de la tregua y la inminencia de atentados en “todos los frentes”.

Sea cual sea la postura que adopte el líder de la oposición, lo que parece evidente es que el encuentro de la Moncloa, por los datos que se tienen al día de hoy, está destinado al fracaso. El empeño de uno y otro de que el contrario rectifique. La insistencia de que uno y otro hagan las correspondientes autocríticas. La insistencia en que cada uno reconozca los errores y, por encima de todo, la preocupación de los dos por las próximas elecciones generales en las que tanto se juegan (si Zapatero pierde sería el primer caso de un presidente que no repite, y si Zapatero gana es el final político de Rajoy) hacen muy difícil el acuerdo. Rajoy está convencido de que su oposición a la política antiterrorista le proporciona importantes réditos electorales (como se ha visto en las municipales, especialmente en Madrid) y Zapatero, en su fuero interno, no acaba de cerrar la puerta a un final dialogado de la violencia.

Uno quiere derrotar a ETA, objetivo que no consiguió ni el general Franco en 16 años (la banda armada surgió en 1969) ni ningún régimen democrático a lo largo de estos treinta años. Zapatero, que no cree en la derrota de ETA, sigue creyendo, sin embargo, que hay que mantener algún tipo de interlocución con la banda para convencerles de que abandonen definitivamente las armas.

Son, en principio, posiciones irreconciliables, que se agravan con la obsesión de los dos de que tienen que autoflagelarse y pedir perdón y retirar todos los insultos que se han lanzado a la cara durante estos dos últimos años. Pero ninguno de los dos parece dispuesto a pasar página. Con el fin de la tregua se ha cerrado una página de toda esta triste historia y ni Zapatero ni Rajoy están dispuestos a pasar a la siguiente. Y abrir un nuevo capítulo.

El presidente del Gobierno, que ha pasado a poner en marcha un “plan B” que hasta ahora no tenía y que adelantó este cronista en ESTRELLA DIGITAL (ingreso en prisión de De Juana, detención de Arnaldo Otegi por decisión del Supremo, que ha rechazado su recurso contra la condena de enaltecimiento del terrorismo, operación policial en el sur de Francia que en los próximos días puede extenderse al País Vasco, y valoración de los comportamientos de Acción Nacionalista Vasca en las próximas semanas por si hay que actuar judicialmente), se va a encontrar forzado por nuevas peticiones de Rajoy.

Entre esas peticiones está impedir la toma de posesión de los concejales de ANV e ilegalización del partido, destitución del fiscal general del Estado Conde-Pumpido, ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas y derogación de la resolución del Parlamento del año 2005 en la que se daba el primer paso para “el fin dialogado de la violencia”. Y además, como decían los hermanos Marx, dos huevos duros...Aunque, inevitablemente, se peleen a ver quién se los come...