EL ESPECTADOR

Si las carreras de Zapatero y Rajoy se deciden en el siniestro casino etarra es debido a que ambos (aupados por sus cohortes mediáticas) así lo quisieron desde el primer día de la tregua. Mientras la esperanza arraigaba en el corazón de los escoltados y acechados, otro tipo de sentimientos arraigaba en las vísceras de la alta política. En el corazón de Zapatero prendía un deseo incontrolable: la avaricia del que cree haber descubierto una mina. Y es que el principio del fin de ETA era algo más que eso: era el principio de una larga etapa dorada para los socialistas. Consiguientemente, inauguraba un largo túnel para el PP. En el corazón de Rajoy llovía sobre mojado: un nuevo despecho se añadía al resentimiento por las elecciones del 14-M, en el que los populares habían sido expulsados del gobierno de manera imprevista y, a su entender, injusta.

En teoría, el enemigo es ETA. En la práctica, el enemigo es el adversario. La desaparición de ETA no será posible si los dos grandes partidos españoles no comparten un mínimo común denominador. Laboristas y conservadores británicos pelean con gran dureza en el angosto Parlamento de los Comunes, pero foguearon su hermandad democrática en la misma trinchera, en el mismo frente, durante las guerras mundiales. Por esta herida sangra, ¡ay!, cada vez más nuestra treintañera democracia, modélica en su inicio, pero manoseada después por tirios y troyanos. Izquierdas y derechas agitan cada vez con más entusiasmo los fantasmas de las dos Españas, incapaces unos y otros de concederse lo que Salvador Espriu reclamaba en plena dictadura: "Una caridad recíproca de perdón y tolerancia". La cizaña etarra arraiga en los intersticios de la división constitucional. ETA es un negocio formidable. Y no solamente para los que viven de ella. Es un negocio tentador también para los que a ella se oponen.

Zapatero se perdió en un espejismo. Mucho antes del atentado de la T-4 en Barajas, donde murieron los dos infelices ecuatorianos, se produjeron señales de que el diálogo no llevaba a ninguna parte. Los etarras exigían un precio político, que Zapatero amagó con ofrecer, aunque realmente no ofreció. Cegado por el oro del final de ETA y del principio de su larga etapa triunfante (que ahora amenaza ruina), Zapatero no quiso darse cuenta de que, como ya explicó Aristóteles, la experiencia es intransferible: el joven cachorro del cínico Josu Ternera tiene que experimentar en su piel largos años de cárcel antes de descubrir que las armas acaban pesando insoportablemente. Pero, atención, la sociedad española es alérgica a las viejas tragedias y está ávida de comedia y bienestar. Si cunde la idea de que Rajoy apuesta por el "cuanto peor, mejor", no lo van a premiar. Ayer era Zapatero, pero ahora es Rajoy el que puede estar cegado por el oro etarra.