Dicen los campesinos que este verano en Asturias va a ser frío y lluvioso, porque la hierba está muy alta y estrecha, y el buen tiempo de sol y cielo claro es presagiado por la ancha y poco crecida. El campesinado, que existe, aunque desde el asfalto nos lo imaginemos como algo exótico, más o menos bucólico y horaciano, sabe de esas cosas más que el hombre del tiempo, que ése sí que es más ficción que el hombre del saco, que realmente se lleva, en una mochila o en una bolsa de viaje, a niñas y a niños que dormían plácidamente, sin que se sepa más de ellos, porque no se inventaron aún aparatos para localizar a los pequeños raptados, sacados de sus camas, mientras soñaban, por ejemplo, que eran caperucitas o caperucitos, tan seguros y protegidos por el calor de las sábanas, que incluso les echaron los brazos a sus ladrones, si es que, con habilidad canalla, estos hombres lobos sabían hablarles en esos susurros adormecedores y tiernos que aquietan y no despabilan a una criatura de pocos años sumida en ese mundo onírico del otro lado del espejo, ni existen detectores de bebés, como los hay de metales. Y estas cosas pasan porque se ha olvidado la verdad de los viejos cuentos de niños perdidos y que las crías humanas necesitan continuamente, hasta que sepan narrar su miedo y pedir con absoluta angustia y claridad socorro, la pupila vigilante de una loba o de una perra o de una mujer, porque los ojos de las estrellas y de las lamparillas encendidas son insuficientes para servirles de escudo. Pero con la edad los peligros no se esfuman y somos muy vulnerables a los ogros asesinos que, invisibles, están en todas partes, y nos pueden arrancar inesperadamente la cabeza de un bombazo o a golpes, en una comisaría de aquí o de acullá, pues resulta mucho más fácil matar que dar vida, y no tenemos la astucia de Ulises y es difícil emborrachar a nuestros Polifemos abstemios que anuncian un verano de tanta oscuridad, que da frío.

Carmen Gómez Ojea. Escritora.