La estética como respuesta(Divagaciones sobre el último libro de Lluis Álvarez), de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
Cuando llegó a mis manos «Estética de la confianza», recordé, ipso facto, una inolvidable descripción de la novela de Eça de Queiroz «El primo Basilio». Un personaje, que luego se revelará secundario, comparece tan seguro de sí mismo que su batín viene a ser la expresión última del envoltorio seguro y cómodo que es el mundo para un buen burgués del siglo XIX. El universo entero es en ese momento un cascarón custodio en el que se siente a salvo. El ulterior desarrollo de la novela hará ver que esa seguridad era ilusoria, lo que no obsta para que su casa, su matrimonio, su profesión y su lugar en el mundo constituyan toda una estética de la confianza para el burgués arquetipo que protagonizó tantas y tan buenas novelas en el Ochocientos.
Así pues, la primera relación que establecí con este libro fue con una referencia literaria, lo que no deja de ser toda una limitación, confieso que inevitable, a la hora de acometer la lectura del ensayo del profesor de Estética de la Universidad de Oviedo. Seguro que una mayor formación en materia estética y filosófica podría hacer una lectura más ventajosa que la mía. Advertido esto, no renuncio a escribir acerca de un ensayo cuya lectura considero inexcusable.
Uno de los grandes méritos del presente ensayo es que no se incurre en el fárrago, al que tanto propenden muchos de los que se dicen rigurosamente sistemáticos. Ni tampoco se cae en la prédica depositaria de un recetario con moralina mohosa, tan común en algunos ensayistas actuales que hacen de la filosofía vademécum, de obligado tránsito en muchos casos para los estudiantes que están a las puertas de la Universidad.
Es muy satisfactoria la apuesta que el autor hace por el orteguismo, cuando se inclina más por el lado lúdico de la existencia, que no permite ser asfixiado por la angustia sartriana. Pero la presencia de Ortega no se queda ahí. Son muchas las referencias al pensador más importante que ha dado nuestro idioma. Así, la distinción entre ideas y creencias. Y, sobre todo, la aventura que supone encontrarse, en medio de cualquier argumentación, con la certeza de poder dar alcance a la caza de un concepto aclaratorio, de «la luz como imperativo». De capturar la plenitud del significado de aquello que se aborda, sea libro, obra de arte o paisaje.
Casi al principio del libro se nos ejemplifica con un lance imaginario que el autor sitúa en su entorno más próximo. Puede que tras el atropello de una joven que viaja en su motocicleta el desenlace final consista en su regreso a casa, que culminaría con una apacible escena doméstica.
Pudiera hablarse de una filosofía de la confianza, con claros sustentos en la historia del pensamiento y, asimismo, con referentes del mundo exterior que serían el modelo para armar lo que Álvarez aquí nos propone.
Para quienes hemos estudiado las ideas estéticas desde el lado literario; para quienes conocemos las teorías de Croce sobre los géneros; para quienes asistimos con Dilthey a la zambullida en una obra literaria intentado reconstruir como lectores el proceso creador; para quienes hemos disfrutado de la crítica estilística de Dámaso Alonso y de Bousoño; para quienes nos hemos adentrado en el estructuralismo y la semiología; para quienes nos hemos divertido con los grandes movimientos de vanguardia, acompañados de sus efectistas e inolvidables manifiestos; para quienes hemos pensado siempre que hay un pensamiento español que necesita ser releído, Unamuno, por ejemplo; para quienes nos hemos volcado en la lectura de Benjamín; para quienes nos hemos detenido en Marcuse como uno de los pensadores aglutinantes de muchos de los «collages» del pasado siglo, el libro del doctor Álvarez no sólo es un fresco recordatorio, sino que también nos sirve para completar aquellas lecturas desde diversas concepciones de las corrientes críticas que luego se irían ramificando y diversificando. Al fin y al cabo, la crítica literaria no puede aislarse nunca del todo de una filosofía del arte que la compendia y la aloja.
Cuando Álvarez nos sugiere lo que puede dar de sí una obra teatral de Unamuno, «El otro», no hacemos sino confirmar con alborozo una convicción íntima que ya teníamos. Cuando nos expone su teoría del teatro, nos vemos de lleno en una exposición que aporta planteamientos que pudieran ser muy, pero que muy provechosos.
Invito al lector a que transite lo que en este ensayo se manifiesta acerca de las teorías freudianas, sobre todo en tanto repercutieron con tamaña trascendencia en el mundo del arte, así como a lo que se consideraron grandes movimientos de vanguardia de la pasada centuria.
Para quienes están adentrados en el asunto, recomiendo que no se pierdan lo que Álvarez sugiere acerca de lo que pudieran ser ideas estéticas de Wittgenstein. Aquí nuestro profesor arriesga y, creo, abre todo un camino que pudiera ser del mayor interés.
Gran parte de cosas que quedaron aparcadas como una metafísica más o menos anticuada son susceptibles en el libro de Álvarez de ser reinterpretadas desde esta estética de la confianza por la que el autor apuesta.
Leyendo este libro, también nos ratificamos en la grandeza del arte, que soportó ser analizado con todas las hipermetropías de tantas y tantas escuelas, con útiles enseñanzas, a pesar de las anteojeras, en su momento inevitables.
No es ciertamente fácil encontrar un libro actual donde la erudición es presentada como materia viva, donde el pensamiento no está reñido con la voluntad de estilo. Como resultado, la obra bien hecha, con su obligado corolario, que es el buen trato que se le da al idioma.
