El eslabón más débil, de Mariano Marzo en La Vanguardia
De los ciento cincuenta y nueve litros de crudo contenidos en un barril, alrededor de la mitad se utiliza para el transporte (terrestre, 81%; aéreo, 12%, y marítimo, 7%), un 35% como fuente de energía en los sectores industrial y residencial, y el 15% restante en la petroquímica para la manufactura de fibras, plásticos, detergentes, fertilizantes, medicamentos y un largo etcétera de productos de uso cotidiano. Sin duda, el petróleo es mucho más que transporte.
Sin embargo, transporte es sinónimo de petróleo. Según la Agencia Internacional de la Energía, algo más del 95% del transporte mundial está propulsado por productos derivados del petróleo y los escenarios tendenciales apuntan a que en el 2030 este porcentaje podría incluso incrementarse ligeramente. Hoy en día, a escala global, la electricidad, el gas natural y los biocombustibles sólo contribuyen de manera testimonial a la movilidad de las personas y las mercancías. La importancia del transporte en un mundo globalizado está fuera de discusión.
Por ello, la creciente demanda, el encarecimiento y el progresivo estancamiento de la producción de esta fuente energética no renovable, las tensiones geopolíticas derivadas de la concentración de reservas en un puñado de países, así como los efectos nocivos que la combustión de sus derivados tienen sobre el calentamiento global, arrojan una sombra de inquietud. Como ha remarcado la revista Science,responder a la pregunta ¿qué reemplazará al petróleo barato y cuándo? constituye uno de los principales desafíos que la humanidad debe afrontar en un futuro inmediato.
A la espera de que algún día puedan concretarse algunos sueños, calificados de quimeras por muchos, como el advenimiento de la denominada economía del hidrógeno, el control de la energía de fusión o la transmutación y reciclado de los residuos generados por la fisión nuclear - revoluciones, estas dos últimas, que permitirían la completa electrificación del transporte-, el mundo sólo dispone de un puñado de medidas paliativas que, combinadas, pueden aliviar, aunque no curar, nuestra dependencia del petróleo. Estas comprenden: las mejoras tecnológicas de la eficiencia, la implantación por los poderes públicos de una nueva política de movilidad que premie el ahorro y sancione el despilfarro, la adopción de medidas que favorezcan la progresiva penetración en el mercado de vehículos eléctricos, híbridos o propulsados por gas natural, así como el uso creciente, siempre que éste sea sostenible y respetuoso con el medio ambiente, de otros combustibles sintéticos líquidos, ya sean derivados del gas, del carbón o de la biomasa (biocombustibles).
En estos momentos en que la polémica energética en nuestro país está casi exclusivamente centrada en cuestiones relacionadas con la generación y distribución de electricidad (tal es el caso del rifirrafe nuclear frente a renovables y del trazado de la línea de muy alta tensión en Catalunya) convendría no perder de vista que en España la electricidad representa alrededor del veinte por ciento del consumo final de energía, mientras que el sector del transporte absorbe cerca del 40%. El binomio petróleo-transporte constituye el eslabón más débil del sistema energético de los países industrializados y no podemos obviar que, a fin de cuentas, la fortaleza de un solo eslabón mide la seguridad del conjunto.
MARIANO MARZO, Catedrático de la UB.
