Sexo en Madrid

Cuando después de años y años de acumular puntos fue a canjearlos por un móvil nuevo, Isabel no sospechaba que responder sí o no a una pregunta podía abrirle toda una serie de posibilidades a su vida sexual. El dependiente, antes de enseñarle un modelo, le preguntó si lo quería con Bluetooth. Ella no tenía ni idea de qué era aquello, pero respondió que sí con un aire de leve indignación. Al llegar a casa, preguntó a su hijo. Después de una larguísima explicación que no entendió muy bien, se le quedó el dato de que había quien lo usaba para ligar. La gente llegaba a un sitio, mandaba un mensaje al azar a alguno de los móviles que también tenían Bluetooth y estaban por allí y si recibía respuesta, iniciaba un acercamiento.

Aquello podía ser un complemento perfecto para sus escapadas con Adolfo, esa nueva forma de vida que un lustro atrás había salvado su matrimonio en plena crisis de los 15 años. Lo que ellos habían bautizado como escapadas era irse a la Casa de Campo o al aparcamiento del Templo de Debod -como cuando eran novios- y hacer el amor en el coche. La idea de hacer algo distinto fue de Adolfo, que la veía muy distante y, a sí mismo, cada vez más receptivo a estímulos externos femeninos. Hablaron del asunto racionalmente y pensaron que al no salir ya nunca solos, el sexo se había convertido en algo rutinario.

Decidieron, pues, recuperar el espíritu de sus primeras citas, procurando que lo de hacerlo en el coche no se convirtiera en una rutina más. Así que empezaron a entrar en webs dedicadas al dogging (hacer el amor al aire libre). Probaron a participar en una quedada donde había gente que hacía intercambio de parejas o simplemente miraba o se dejaba mirar.

Cuando Isabel le contó a su marido lo del Bluetooth, Adolfo le dijo que había leído algo sobre el tema, que al parecer en Inglaterra era bastante habitual y que se llamaba toothing. Juntos estudiaron a fondo las posibilidades del sistema y salieron ilusionados a la busca de gente que estuviera dispuesta a un contacto con desconocidos.

Aquello les pareció la panacea. Varias tardes se dedicaron a intentar conectar con gente a través del móvil. Después de pasar horas intentándolo, pensaron que no sabían usarlo. No encontraban a nadie que les contestara. De todas formas, era divertido y excitante. Si estaban en un bar imaginaban con quién les gustaría conectar y se contaban al oído qué harían delante esa persona. Al final, terminaban volviendo al coche y, excitadísimos, haciendo el amor en algún aparcamiento.

Una tarde, buscando información en internet para ver si hacían algo mal, descubrieron que lo del toothing había sido un bulo, que aunque sí que podía hacerse en teoría, realmente era muy difícil que la gente conectara a través del Bluetooth. Especialmente en España, donde eran pocos los que lo tenían. A Isabel y Adolfo les dio igual porque habían descubierto un nuevo juego para romper la rutina. De vez en cuando iban a algún sitio público y se metían mano mientras pensaban con quién les gustaría hacer toothing en un futuro, cuando la tecnología se perfeccionara.

silviagrijalba@mixmail.com

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