Cada vez más alta, de Miren Etxezarreta en El Mundo de Cataluña
PRISMA
No se alarmen. No escribiré sobre la abstención, de la que tanto se ha dicho desde el 27-M, aunque sin encarar los problemas de fondo de la misma. Prefiero ahora referirme a otro acontecimiento político de dimensión global, el G-8 que tiene lugar esta semana al norte de Alemania, que debido al choque entre la policía y grupos minoritarios de manifestantes, ha vuelto a suscitar un gran interés mediático.
Estas reuniones son eje de dos dinámicas. Una, una parte de la población discrepa de las decisiones que toman los reunidos y quiere manifestarlo, y ante ello se establecen fuertes medidas de seguridad -una muralla de 12 kms. de extensión, 2,5 metros de alto, rematada por cuchillas cortantes, que ha costado 12,5 millones de euros; la prohibición de manifestarse en cinco kms.a la redonda (reducida después por un tribunal a 200 metros) de donde se reúnen, rodeados de 16.000 policías. Negando, además, la acreditación a unos veinte periodistas ... (¿una censura a la Chávez cerrando emisoras?) Todo ello programado mucho antes de los hechos del sábado-. Dos, este enorme sistema de control actúa como un imán para que grupos muy minoritarios se enfrenten a la presión policial.
Cumbres, manifestaciones masivas, contundente acción policial, pequeños reductos violentos, atención mediática... se han convertido en rutina, en una especie de tradición por la que cada reunión se convierte en un circo policial-popular-mediático.
¿Es realmente necesaria tanta policía? ¿Qué se trata de proteger? No podía peligrar la integridad física de los políticos ya que no se reunían hasta varios días después, y ya que los manifestantes se hallaban a 25 kms. del lugar de la reunión, ¿era preciso tal despliegue policial? ¿Es que los mandatarios no pueden aceptar la presencia de quienes acuden a manifestar sus discrepancias? O ¿se trata de que no sean interpelados por unos manifestantes, en su inmensa mayoría pacíficos y lúdicos? ¿Qué receptividad manifiestan los políticos al mensaje de los manifestantes? ¿Se trata de asegurar a los mandatarios un entorno agradable y sereno, alejados de cualquier turbulencia, como si de verdad el mundo fuese un oasis tranquilo y no un lugar pleno de injusticias? Quizá así los mandatarios pueden también hacer como si se ocuparan de asuntos que mejoran el bienestar de la humanidad.
Pero si las medidas de seguridad tomadas son necesarias, es todavía más patético y extremadamente grave que los gobernantes más importantes del mundo tengan que reunirse tras defensas cada vez más altas.¿Cuáles son las razones de fondo para que no puedan juntarse sin encerrarse en fortalezas? ¿Qué revela esto de nuestras democracias? ¿Qué significa realmente esta separación entre los dirigentes y una parte de sus poblaciones que sólo quieren expresar su desacuerdo con el mundo que ellos dirigen?
Si desde las más altas cumbres se acepta como legítimo y normal el alejamiento forzado de una parte de la población a la que dicen representar, parece un importante indicador de que algo muy profundo no funciona en el sistema político. Si esta dinámica se transmite a todos los ámbitos de la vida política se irá produciendo un divorcio creciente entre las poblaciones y quienes se consideran sus representantes. Un alejamiento crónico, regular y permanente, una disminución de las garantías democráticas y las libertades cívicas. No es arriesgada la hipótesis de que son los sistemas políticos actuales y no elementos diversos, coyunturales o más permanentes, los que han agotado su validez como formas de organización política. Algo similar a lo que parecen pensar una importante parte de las poblaciones cuando decide abandonar el juego político y abstenerse.
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