¡Qué poco nos reímos!, de Carles Sans en El Mundo de Cataluña
BULEVAR
Cuando nos reímos generamos endorfinas, una sustancia euforizante que proporciona una placentera sensación de alegría y bienestar, al tiempo que se suceden en nuestro cuerpo una serie de alteraciones físicas beneficiosas para el organismo. Así pues, hacer reír es saludable.
David Garrick fue un afamado actor inglés del siglo XVIII, del que se cuenta que era tan bueno y tan divertido representando comedia que los médicos de su época lo recomendaban a aquellos pacientes que padecían de tristeza del alma, lo que hoy llamamos depresión.
Garrick, que tanto hacía reír a su público fue, pues, uno de los primeros actores «risoterapeutas» de la historia.
Con motivo del estreno en Zaragoza de nuestro nuevo espectáculo, cuyo argumento se basa en los beneficios de la risa, algunos periodistas nos han preguntado si actualmente la gente se ríe tanto como antes.
Vaya por delante un dato significativo: el niño ríe unas 300 veces al día; el adulto lo hace en torno a quince; y, a pesar de que las personas de hoy en día vivimos infinitamente mejor que nuestros abuelos, estoy convencido de que la sociedad actual ríe menos que la de hace 80 años. Y eso porque el modelo actual de sociedad nos incita, descontroladamente, a poseer de todo, y como uno raramente consigue todo lo que se propone, crece en nosotros la frustración, la insatisfacción y la falta de alegría, lo que no siempre ayuda a ser feliz
Antes, cuando la sociedad se dividía entre (algunos) ricos y (muchos) pobres, éstos asumían con dignidad un estatus que, si bien no les agradaba, sabían que, por desgracia, difícilmente llegarían a abandonar y a vivir como los que más poseían. Como consecuencia de esa asunción, sabiamente intentaban ser felices dentro de su precariedad. Quiero aclarar que no estoy defendiendo -espero que se me interprete bien- la pobreza como el sistema recomendable para ser feliz. ¡En absoluto! Lo que digo es que el crecimiento económico de nuestro país en los últimos treinta años ha procurado un acercamiento de las clases menos favorecidas al modelo de vida de los más poderosos, generando sobre una creciente y amplísima clase media la necesidad de trabajar para poder consumir cada vez más, triunfar rápidamente y ser tan «felices» como los que vemos en las revistas o en la televisión.
Vivimos en la llamada «sociedad del bienestar», que nos llena de frustración por no poder conseguir lo mismo que el que más tiene, una sociedad que, además, lo quiere todo y de forma inmediata; de lo contrario, se frustra y neurotiza. Y ya lo hemos dicho, no siempre lo conseguimos todo (y, menos, inmediatamente).
Así las cosas, ¿cómo nos vamos a reír tanto como antes?
Tal vez si supiéramos disfrutar de lo que tenemos y no ansiar lo que todavía no poseemos, lograríamos sentirnos mejor, y reír (al menos para algunos) no resultaría algo tan excepcional.
Rían todo lo que puedan y recuerden lo que dijo Oscar Wilde: «la vida es demasiado importante como para tomársela en serio».
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