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6 Junio 2007

Iglesia y democracia, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

El ojo del tigre

El Departamento de Sociología, Estadística e Informática del Arzobispado de Oviedo elaboró, el pasado mes de abril, un interesante informe sobre la participación política, la calidad de la democracia y la presencia pública de la Iglesia en la actual sociedad española. Circula de mano en mano como si se tratara de un documento clandestino, tal como ocurría con los análisis políticos que censuraban a la Gran Dictadura, en la época en que, precisamente, a Dios se le había reencarnado en la figura de Emperador...

Las dieciseis páginas de este informe contienen un lúcido análisis de la cuestión política en la actualidad (hace referencia, por ejemplo, a la tremenda confusión que hay entre lo que es el bien común y lo que son los intereses particulares y partidistas: un ambiente que favorece la crispación social); sobre la absolutización del poder ("... lograr el poder y mantenerlo no se puede convertir en la finalidad suprema de la política", dice); así como también del papel que interpreta la Iglesia (católica) en la democracia: "... la complejidad de la toma de decisiones políticas no admite simplificaciones analistas en términos de bueno o malo sin matices, ni siquiera cuando se argumenta apelando a valores considerados fundamentales".

ESCRITO con ejemplar serenidad crítica, el documento aporta sólidos argumentos para que el actual debate político -el español, en general, y el asturiano en particular- se serene para situarlo de nuevo, a partir de sus orígenes, en la época de la restauración formal y real de la democracia en este país. Análisis sociológicos, tan serenos como el que nos ocupa, son los que necesita conocer la actual opinión pública: primero, para saber; luego, para reflexionar con fundamentos serios sobre la realidad de la política en la actualidad. No es imprescindible que sus ideas, conclusiones y juicios coincidan exactamente con nuestros particulares (pre)juicios; basta con que nos inciten a profundizar ordenadamente en la realidad sociopolítica española, tan alterada por los radicalismos individuales o partidistas. Incluyendo, necesariamente, los intereses eclesiales; tan extremadamente radicalizados después del abandono de las tesis del Concilio Vaticano II.

La cultura democrática de los españoles, en general, tiene evidentes deficiencias teóricas. Entre ellas, el grave error de utilizar el concepto democracia como si fuera un principio meramente partidista; cuando la democracia es, afortunadamente, mucho más que eso: por ejemplo, es un concepto que trata de armonizar las relaciones sociales sin criterios excluyentes. La democracia es la institucionalización de la convivencia social. Probablemente, el desconocimiento -o, quizá, la ignorancia premeditada...- de esta cuestión sea la causa original de la actual crispación política, que envenena la sociedad española. Se apela abusivamente a la especificación democrática utilizando intencionadamente argumentos discriminatorios para proteger -y afianzar- intereses individuales o gremiales. Suponiendo que este método fuera democrático , lo sería, sin duda alguna, pero orgánico... Precisamente, la única forma de democracia que, hasta el momento, conocen a fondo los españoles después de haberse familiarizado con la democracia orgánica, que representaba el Movimiento Nacional, durante cuarenta años.

A ESA MALICIOSA confusión -más o menos interesada-, entre lo que es la democracia pura y la democracia contaminada por los gremialismos, impuestos a golpe de maza, de los años 30, en el siglo XX, ha contribuido en una buena parte la educación religiosa durante los años (triunfales) de la oscura posguerra civil; cuando, como dice Manuel Tuñón de Lara, "la jerarquía (eclesiástica) se siente integrada en el sistema, identificada con el orden, y todo quebrantamiento de éste le parece una amenaza directa contra ella". (Historia y realidad del poder . Edicusa. Madrid, 1967). Un sentimiento que vuelve a repetirse treinta años después, contados desde el momento de la sustitución de la democracia orgánica por la democracia de las libertades. El jesuita P. José María Díez Alegría, dice en su libro Yo creo en la esperanza (1972) que "la mentalidad católica de los años cincuenta más que ayudarme a llegar a esa comprensión me sirvió de fuerte obstáculo para ello", y concluye reconociendo que "la reflexión cristiana me hizo alcanzar por un camino nuevo" (Pág. 47).

Es posible que el uso que se hace actualmente del concepto democracia sea algo mucho peor que una consecuencia de la ignorancia -o del déficit teórico- cultural de lo que es directamente "lo político" . Podría ser -subrayo el condicional- el resultado de una (cínica) actitud adoptada premeditadamente para sacarle un buen rendimiento a la vigente "confusión de lenguas políticas" que tanto nos aturde. Quizás esta sea la razón por la cual, a la hora de analizar y opinar sobre las causas que provocan determinados comportamientos sociales y políticos, utilicen argumentos que pertenecen (históricamente) a la antigua democracia gremialista (Familia, Municipio y Sindicato), bendecida, en su momento cumbre, por la Iglesia católica, y no -como sería lo normal- a cuestiones democráticas químicamente puras y asépticamente independientes con respecto a los partidos legítimamente establecidos.

El mitificado espíritu de la Transición contó con el beneplácito de aquella Iglesia que creía y postulaba los principios cristianos del Concilio Vaticano II, hasta que ese espíritu se les esfumó, por entre los dedos, a los españoles. A partir de ahí, la Iglesia tomó partido y se dedicó a atizar la confrontación social. En el citado análisis sociológico se dice que resulta paradójico que "la Iglesia, a través de su cadena de emisoras de radio, aparezca ante la opinión pública como uno de los principales contribuyentes a este clima de crispación y que algunos de sus profesionales (...) muestren graves faltas de objetividad, prudencia e independencia política" .

Seguramente, juicios como este -además de otros...- hayan molestado a la jerarquía eclesial, hasta tal punto que, por lo visto, ha tomado la decisión de secuestrar tan interesante documento; faena que le añade más morbo político para su lectura clandestina...

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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