Recuerdo que, hace años, en el mercado eclesiástico se ofrecían santos para todos los gustos y para las más variadas circunstancias. Con el paso del tiempo y los vaivenes de la vida, no sé dónde se me quedó el catálogo de recursos divinos. De modo que, si hoy quisiera dirigirme a uno de estos conseguidores, me armaría un barullo con el santoral. Seguro que pediría aprobar un examen al responsable de cruzar las calles; mandaría buscar una tijera al casamentero y nada sabría del de la buena muerte, porque ése siempre me resultó lagarto, lagarto. Y, sin embargo, es éste el que se me ha venido a la cabeza a cuento del largo adiós de un Partido Comunista que no merece un final tan indigno y aplazado como el que lleva sufriendo desde hace treinta años. Alguien debería echarle una mano en esta crisis terminal. Y si es un santo, bendito sea. Además, no sería necesario un gran esfuerzo porque es un partido moribundo que ha perdido su relación orgánica con la sociedad y en el Palacio de Invierno ni está ni se le espera. Fue su cuna un mundo en el que las contradicciones eran más visibles y evidentes, y creció en un tiempo de socialización en el barrio, en la fábrica y en el ateneo, no en la TV o en internet. Surgió para servir a trabajadores zarrapastrosos y oprimidos, y, hoy, sus herederos conforman una nueva clase obrera. Unos, convertidos en consumidores de baratijas y seducciones, se olvidan de su condición de explotados. Otros, como los inmigrantes, se hunden en la marginación, cuyo efecto desmovilizador es como un cáncer implacable. La disolución de la Unión Soviética, la transformación de China en una dictadura comunista de mercado y la conversión de Fidel Castro en un ser imprescindible fueron la puntilla que acercó al sepulcro al pueblo elegido. No nos engañemos: el Partido Comunista no es hoy aquella fuerza vigorosa que todo lo arrastraba tras de sí, sino tan sólo una quimera en fuga cuyo abandono del campo de batalla pocos lamentarán. Y es que no hace falta ser un lince para saber que nada es para siempre: ni la patria, ni la ciencia, ni el capitalismo y mucho menos un partido político que nació como fruto de la Revolución de Octubre y cuyo jugo ya ha sido exprimido hasta la extenuación.
Es más, su muerte sería un alivio. Con ella quedaría desocupado un amplio solar donde, una vez recalificado, podría crecer alguna alternativa. En ese nuevo edificio sólo los cimientos, es decir, los principios y la historia, serán incuestionables. Todo lo demás habrá de moverse para que no lo cubra el moho. Los principios están claros: igualdad, solidaridad, libertad, autoorganización, democracia participativa e internacionalismo. Sobre la historia, sólo cabe decir que hay que conservar lo mejor de la misma: los actos heroicos que el partido protagonizó; los nobles objetivos que perseguía, y, sobre todo, el ejemplo de tanta vida aborrascada y sin recompensa alguna de los miles de gentes generosas que lucharon en sus filas.
Por respeto a esa historia, quienes dicen que defienden al Partido Comunista deberían acabar con esta agonía interminable impulsando un nuevo agrupamiento. Hace ya veintiún años escribí en este periódico (LNE 16-1-1986) que la izquierda necesitaba no un nuevo partido, sino un partido diferente, síntesis de un movimiento unitario y diversificado y con una estructura horizontal y abierta que se situase dentro del ámbito del anticapitalismo y del antiimperialismo. Desde entonces, los cambios han sido vertiginosos. Y, sin embargo, en este tiempo, casi nada se ha hecho. Sólo Izquierda Unida buscó algo nuevo, pero sus raíces se hundían demasiado en el pasado, su nacimiento fue coyuntural, y la reflexión estuvo ausente del proceso, por lo que nunca llegó a convertirse en un proyecto estratégico, sólo fue una variopinta alianza electoral de cabreados. El resultado está a la vista: una parte del comunismo regional se viste de porruano y se convierte en una hijuela del cristianismo asistencial (sus actuales dirigentes); otra opta por el populismo y se fragmenta en numerosas agencias electorales (Oviedo, Lena, Llanes, Cudillero, Carreño) que sólo intentan matar al padre, y una tercera se limita a sacar a plaza las cenizas de unos abuelos demasiado proclives al petardo y la asonada (PCPE). Es decir, la familia comunista sigue sin rumbo, sin blanco, sin molécula de sensatez, cediendo a impulsos que la llevan a ninguna parte. Mientras tanto, el capitalismo y el imperialismo, disfrazados de globalización, recuperan el terreno que habían perdido en el siglo XX y avanzan hacia una hegemonía total, si no totalitaria. Libres de contrapesos, rechazan el pactismo, que fue la argamasa del Estado de bienestar. Con las armas de la reestructuración y la deslocalización recuperan sin prisa, pero sin pausa, la tasa de ganancia que les arrebató la socialdemocracia y el comunismo. Para prevenir futuras protestas, minan la democracia con la disculpa de perseguir al terrorismo al tiempo que restablecen valores de sumisión y jerarquía propios del antiguo régimen. Los intelectuales liberales se imponen en el ámbito ideológico a los de la liberación y los imperialistas proclaman el fin de la Historia. Pero tanta soberbia ha puesto a la izquierda contra la pared. Así que, a partir de ahora, sólo es posible avanzar, porque el mundo sigue adelante a despecho de paralíticos, estropeados, nostálgicos, melancólicos y descabalgados de candidaturas. A todos ellos hay que decirles que hagan mutis por el foro para que pueda bajarse el telón de un drama que ya dura demasiado. Tan sólo así podrá surgir una fuerza, ni reformista ni radical, pero ubicada a la izquierda del Partido Socialista (no frente a él) que recuerde a unos y a otros que controlar y humanizar el capitalismo es necesario, pero que el objetivo es derrotarlo. Para ello es indispensable la construcción de una mayoría compuesta por el nuevo proletariado, los movimientos sociales no ligados ninguna nueva clase social y por todos aquéllos que opinen que otro mundo no sólo es posible, sino que es necesario.
El horizonte es lejano y la marcha será larga, pero pienso que iniciarla es la tarea de quienes no están conformes con un mundo injusto, intolerante con el diferente, egoísta, depredador, desigual, fragmentado, insensible al dolor ajeno y cuya única alternativa es la resignación o las pompas de jabón que salen de tantas malas conciencias refugiadas en algunas ONG, ya sean civiles, militares o eclesiásticas. Quienes piden a todas horas transformaciones, empiecen por su propia casa: ése sería el mejor homenaje a lo que fue un gran partido.

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