TRANSBORDO, MONCLOA

Sonrisas de Sarkozy, besos de Condoleezza... ¡Qué bien luce, cuando luce, la política exterior! Lo disfrutó Felipe González, que gozaba más echándole jamón a Helmut Kohl que haciendo un pacto de estabilidad con Pujol. Y Aznar, cuando nos sacó a tirones del rincón de la historia. Es la grandeur frente a las miserias internas. Es el glamour frente a la cutrez, en este inmenso programa del corazón y vísceras que es la política nacional. Cuando hablas con Sarkozy, puedes hablar de Europa y el Mediterráneo. En cuanto miras hacia el interior, te encuentras un paseo de De Juana Chaos.

Eso debió de quedar pensando don José Luis Rodríguez Zapatero cuando despidió a la señora Rice y volvió a las carpetas que le esperan, desafiantes, en su mesa. Otra vez el follón, con el juez Marlaska y el pitonazo a ese hombre de paz que es Otegi. Otra vez un "¿qué hacemos, Rubalcaba?" ante el alta médica del pistolero. Otra vez una reunión con Rajoy, qué pereza. Y lo peor: mirarse en el espejo y encontrarse achicado, sin un partido que le dice: "No nos falles, José Luis". Lo que esta semana le empezó a decir ha sido: "Se te acabó, secretario, la gloriosa etapa del ordeno y mando".

Eso es, probablemente, lo que más duele. Mandó lo que quiso, hasta poner un candidato sin consultar al partido. Manejó en solitario los resortes del poder. Tuvo el monopolio de la información del proceso.

Disfrutó con esa imagen del hombre que tiene claves que los demás no poseen. Y ahora, cuando vienen los efectos de la purga de las municipales, todo se vuelve del revés. Los más suyos le reprochan que no ha explicado bien su proyecto. Hay titulares periodísticos que dicen: "Zapatero cede ante las presiones de su partido, y UPN gobernará en Navarra". Decepción: si no puede abrazar a Nafarroa Bai, tendrá que echar el cierre al sueño de integrar a los nacionalismos por vía de pacto y, quizá, al de terminar mandato con la gloria de la paz en Euskadi. Y no sería un triunfo de Rajoy. Sería imposición de su propio partido, que prefiere no arriesgar más en el conjunto de España en las elecciones generales.

Y en el PSM (Partido Socialista de Madrid), primer conflicto de su mandato. Ésta fue la semana en que sus decisiones comenzaron a ser discutidas en público por respetables militantes. El PSM está enviando un mensaje clarísimo a la dirección nacional: se acabó el personalismo; usted ha puesto a Miguel Sebastián como candidato, usted debe asumir la responsabilidad. Como no ha contado con el partido, sino que lo ha humillado (lo ha puesto de alfombra, dice Joaquín Leguina), ha gastado el cheque en blanco que le habían dado.

Traducción: se han empezado a ver navajas, y algunas se abren con estallido de siete muelles. Si los sismógrafos de la Moncloa no han perdido sensibilidad, notarán el brillo de sus hojas. Se mueve la vieja guardia, con aires de insolente rebeldía. Los veteranos de la contienda guerristas-renovadores vuelven a las armas, pero unidos contra la dirección. Y en el momento más inoportuno: cualquier manual de estrategia política dice que así no se puede llegar a unas elecciones generales. El anuncio más seguro de derrota de un partido es el ambiente de crisis. Y no digamos de división.

El desplante

El gran editor y su equipo habían concertado una cita con el presidente del Gobierno. Era una reunión de poder a poder. Amable, porque ambos se deben mucho y a veces se quieren mucho. Pero llegó la hora del encuentro, algo se interpuso en la vida o el camino del señor Zapatero, y no acudió a la cita. Envió en su lugar al secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda. Creo que el editor lo consideró una humillación personal. Cada mañana abro su periódico como quien abre un avispero, pero todavía no he notado la indignación.

Difíciles pactos

La espantá de ERC en el tripartito municipal de Barcelona quizá sea el principio del fin de un modelo de pacto: el que siempre termina por beneficiar al más grande. También en Galicia se apunta esa crisis: Anxo Quintana (BNG) lo ha dicho así: "No estamos en este mundo para beneficiar al PSOE". Si Llamazares se pusiera a pensar lo mismo, se hundiría el poder municipal de la izquierda.

"Los terroristas han vuelto a las instituciones", es una frase muy oída. A parte de la opinión publicada le aterroriza o le excita que Batasuna, a través de ANV, tenga alcaldes y concejales en Euskadi y Navarra. ¿Les hago una confesión? A este cronista también. Pero le horroriza mucho más que tengan tantos miles de votos. Sobre todo, si es verdad que son terroristas.