LAS RELACIONES ESPAÑA-EE.UU. - EL ANÁLISIS DESDE MADRID

En tiempos del doctor Henry Kissinger, José Luis Rodríguez Zapatero no hubiese retirado las tropas españolas de Iraq ni después de una noche de farra en el casco viejo de León, donde la cecina es generosa y el whisky se bebe en vaso largo. León, de noche, tiene su punto. En tiempos de Breznev, no retiraba Zapatero de Iraq ni a la cabra de la Legión aunque Pablo Iglesias se lo pidiese en sueños.

En aquella era glacial de la doctrina de la contención, quedarse sentado ante el paso de la bandera estadounidense en un desfile militar se podía pagar caro. El socialista Bettino Craxi, gran amigo de Felipe González y de Silvio Berlusconi, acabó sus días en el exilio de Túnez, escarnecido como principal cabeza de turco de la corrupción política en Italia, después de haber dejado huir de Roma al dirigente palestino Abu Abbas, del que los norteamericanos exigían el apresamiento por haber haber organizado el secuestro del barco Achille Lauro en 1985.

La guerra fría hace años que se ha acabado, el mundo se ha vuelto loco de otra manera, y Washington a duras penas puede atender todos los frentes. Y España es otra. España forma parte de la OTAN y de la Unión Europea. Gracias a esta nueva configuración de las relaciones internacionales, Zapatero pudo retirar las tropas españolas de Iraq sin graves riesgos para la estabilidad de su gobierno. En tiempos del doctor Kissinger, manos invisibles llevarían meses meciendo la cuna en Madrid. La doctrina de la contención no estaba para bromas. Lo cual no quiere decir que hoy, en la era líquida y acuariana del mundo - "en la fase de mayor aceleración del ritmo histórico", como dice el Papa Ratzinger- haya barra libre.

La señora Condoleezza Rice lo demostró ayer en Madrid. Se mostró cordial con el ministro Moratinos en el palacio de Santa Cruz y con el presidente Zapatero en el de la Moncloa, pero no dejó margen alguno para una interpretación laxa o dulzona de su visita. El capón quedó claro desde el primer momento: tarjeta amarilla a la suave política española en Cuba.

Hace apenas unos meses, este topetazo habría favorecido sin discusión al socialismo gobernante. El español siempre ha sido muy suyo con los norteamericanos. Pero algo ha cambiado. Lo que era muy vigente en abril de 2004, ahora ya no lo es tanto. El efecto Iraq, poderoso coagulante de la opinión de centroizquierda durante meses y meses, se está apagando. No hay emoción que mil días dure cuando se abusa de ella. Y es evidente que el PSOE ha exprimido la imagen fundacional de la legislatura. Con Iraq ya no se ganan ni pierden elecciones en España. Lo que muchos ciudadanos esperan hoy del Gobierno es cuajo. Una nueva dialéctica entre idea y acción. Capacidad de definir un centro de gravedad permanente.