El cambiar y el rascar todo está en empezar, de Xosé Luís Barreiro Rivas en La Voz de Galicia
EL REFRÁN -«o comer e o rañar todo vai no empezar»- es muy viejo. Pero su aplicación a los estudios politológicos es algo tan novedoso que acabo de inventarlo, ya que sólo así, con artes parabólicas, se puede condensar la realidad de la nueva Galicia que asoma a borbotones en los resultados electorales.
En medio de una contienda estatal varada en los tópicos de unos y las simplezas de los otros -escoja usted, entre Rajoy y Zapatero, quién es el tópico y quién el simple-, los gallegos hemos emprendido el camino de una modernidad inteligente que, sin romper los equilibrios institucionales que son necesarios para el buen gobierno, empieza a acelerar el cambio de una manera imparable. La Galicia inmovilista de las mayorías absolutas es ahora el reino de las minorías. La Galicia conservadora, que encomendó sus miedos a un patrón omnipresente, designa con precisión milimétrica las mayorías bipartitas de la izquierda. Y la espesa sensación de que el poder tenía un solo dueño, que se encarnaba en la Xunta, los concellos, las élites financieras, la Iglesia, la comunicación, las empresas y la cultura, estalla ahora en mil colores, como las tracas de Bouzas.
Aunque el BNG está muy lejos de romper con su actual pareja, Núñez Feijoo, el solitario corredor de fondo, lo corteja ya con descaro pillabán. Quintana, que está harto de ser el socio cautivo del PSOE, se deja querer por la misma novia que antaño lo despreció. Touriño, que hace poco soñaba con la utopía del sorpasso (33 PSOE, 32 PP, 10 BNG), se encandila ahora con unos pactos globales que refuerzan la bisagra nacionalista y llaman a sus alcaldes a interpretar de otra forma el poder de la izquierda. Y nosotros, que siempre fuimos unos miedicas y unos chaíñas, temerosos de que el poder nos castigase por la infidelidad de nuestros votos, jugamos a placer con los municipios y los partidos, como si quisiésemos demostrar quién manda en la ciudad y quién pisa con permiso las alfombras del poder.
Las galácticas mayorías de A Coruña se rebajan a la dulce normalidad de los pactos. El discurso viguista que esboza Abel Caballero llega a nuestras casas demodé y escangallado. Y sólo el realismo inteligente de Bugallo, Orozco, Lores, Rodríguez e Irisarri -¡atentos a este hombre!- apunta hacia la construcción de un nuevo espacio gallego que dé sentido y coherencia a sus proyectos. Algunos dirán que esto es un galimatías. O simplemente un fraude. Pero a mí me parece que estamos en una Galicia deliciosa, que empezó a cambiar hace dos años, y que ahora se moderniza sin complejos, dispuesta a soñar por cuenta propia, y sin dejar que un único partido -cualquier partido- se convierta en un tutor imprescindible.
