Treinta años de sanciones sólo parecen haber servido para enrocar aun más a los militares en su cerrazón
Esta semana el régimen ha prolongado, un año más, el arresto domiciliario de la sufrida Señora Aung San Suu Kyi, la respetable lÃder del movimiento democrático de Birmania y premio Nóbel de la paz. En los últimos 17 años, ésta mujer, de 61 años de edad, se ha pasado once privada de libertad en su casa. El grupo de trabajo sobre detención arbitraria de la ONU acaba de dictaminar que su caso vulnera tres principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos. El Secretario General de la ONU, la Unión Europea y hasta la ASEAN han pedido su puesta en libertad. Un grupo de 59 ex presidentes y primeros ministros escribieron el mes pasado una carta en el mismo sentido al jefe de la junta birmana.
Birmania figura desde hace décadas en los primeros puestos de las listas negativas (libertades, derechos humanos…) y en los últimos de las positivas, de los listados de paÃses del mundo citados por diferentes organismos internacionales. Según esos informes, el régimen mantiene un millar de presos polÃticos, soluciona los problemas de las levas con el alistamiento en las fuerzas armadas de hasta 70.000 adolescentes de menos de 18 años, y su guerra de contrainsurgencia ha generado un millón de refugiados y arrasado 3000 aldeas en los últimos diez años.
En una editorial publicada el viernes, "The Japan Times" afirma que la estrategia diplomática suave no ha tenido efectos en Birmania. "La junta no ha hecho ninguna concesión y no ha habido ningún progreso hacia un sistema polÃtico que refleje la voluntad del pueblo birmano", decÃa. "Ha llegado el momento de aplicar una lÃnea más dura: sanciones que hagan daño a los lÃderes y aÃslen de verdad a un estado gamberro".
La realidad es que el régimen birmano, la dictadura militar más longeva del mundo (45 años) es objeto de sanciones occidentales desde hace treinta años. O sea que si estamos ante un fracaso, ese fracaso es, más bien, el de la polÃtica de sanciones.
Estados Unidos mantiene las sanciones más duras contra Birmania, con una prohibición de inversiones desde 1997 y de todo comercio desde 2003. Aunque ningún paÃs europeo ha llegado tan lejos, desde 1996, la Unión Europea ha venido endureciendo anualmente su actitud hacia Birmania. Actualmente mantiene; un embargo de venta de armas, prohibición de cooperación en defensa, prohibición de visados para los miembros del gobierno y sus familiares, y toda una serie de impedimentos financieros y empresariales. En 2005, hasta el "Global Found", dedicado a la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria, se retiró del paÃs.
La polÃtica de sanciones tiene en su haber algunos éxitos en el mundo (la Sudáfrica del "apartheid", por ejemplo) pero en Asia su historial no es muy brillante. Aquà la mayorÃa de los regimenes dictatoriales son resultado de circunstancias históricas excepcionales, y sus excesos no son eternos. Liberados de presiones exteriores y de esas circunstancias, suelen aparecer lÃderes que prefieren la moderación a la represión. El caso de China es revelador.
Los grandes desastres internos de China (El Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural) tuvieron un contexto internacional muy hostil, de parte de las potencias occidentales y de la URSS. Esa circunstancia no favoreció en absoluto la moderación y el buen sentido. Por otro lado, tanto la apertura china postmaoÃsta, como las desmilitarizaciones de Corea del Sur, Taiwán, Tailandia o Indonesia, tuvieron contextos externos benignos o favorables que propiciaron los cambios.
En Birmania, la polÃtica occidental de sanciones no ha tenido efectos positivos. Aplicar sanciones para aislar a un régimen que ha hecho del aislacionismo un principio de su polÃtica durante treinta años, tiene algo de sinsentido. Las sanciones podrÃan ser útiles si el grupo dirigente birmano hubiera optado claramente por una apertura comercial y por la multiplicación de los intercambios con Occidente, pero ese no es el caso. En ese aspecto, Birmania se parece más a Corea del Norte que a las antiguas dictaduras de Corea del Sur o Taiwán, interesadas en la exportación y el comercio exterior.
Las sanciones occidentales contra Birmania son inoperantes también porque no son compartidas por los vecinos o algunos paÃses importantes (Tailandia, China, India, Rusia, Japón…), con lo que el aislamiento comercial y polÃtico de la junta está muy lejos de ser completo. Desde el descubrimiento de fabulosos recursos energéticos en Birmania, la actitud de esos paÃses se está haciendo cada vez más hostil a las sanciones.
PolÃticamente las sanciones sirven para enrocar a los militares más y más, alimentar su desconfianza y xenofobia, y confirmar las ilusorias expectativas de cambio de régimen de la oposición, la Liga Nacional para la Democracia (LND), el partido de la Señora Aung San Suu Kyi, que considera un sacrilegio cualquier contacto con los militares. Ese integrismo es comprensible, porque en 1990 la junta le robó las elecciones, pero no es razonable porque en Birmania, el ejército es el estado, y fuera de él no hay un gran terreno para lo polÃtico.
La junta birmana no reposa sobre una estructura administrativa civil subalterna, sino que son los militares quienes manejan las riendas de todo. Hasta los dirigentes de la LND son ex altos mandos del régimen militar. El brazo derecho del General Ne Win en el golpe militar de 1962, el Brigadier General Aung Gyi, fue el primer Presidente de la LND. Otros miembros de la presidencia o la vicepresidencia del partido opositor han sido; su compañero del "Consejo Revolucionario" de 1962, Kyi Maung, el General Tin Oo, que saltó de la junta en 1975 acusado de complicidad en una intentona golpista de oficiales, y el Coronel Aung Shwe. Todos ellos pertenecen a la misma generación de militares.
El drama militar de Birmania es resultado directo del colonialismo británico, que a finales del XIX desmanteló por completo las instituciones de la sociedad tradicional local, incluida su monarquÃa, en represalia a la orgullosa y tenaz resistencia birmana. Después de 1948, el ejército fue la única institución capaz de lidiar con un caos y un vacÃo, que fueron doble resultado de una colonización brutal y una descolonización dramática por sus circunstancias. Sin ese ejército, repleto de problemas y vicios internos, Birmania no existirÃa como estado unitario. Han pasado muchos años y todo eso no justifica, ciertamente, la pervivencia del régimen militar, pero lo primero que hay que hacer para afrontar una situación es comprenderla en toda su complejidad.
Birmania es uno de los paÃses étnicamente más diversos del mundo. Los birmanos (70% de la población) manifiestan hacia las minorÃas étnicas una insensibilidad muy parecida a la que ellos sufrieron del colonialismo británico. Se ven poseedores de una cultura más sofisticada y desprecian a muchas de ellas como "salvajes". Tras la independencia el paÃs fue un hervidero de conflictos armados, étnicos, comunistas, anticomunistas, algunos de ellos claramente instrumentalizados desde el exterior (Estados Unidos, China, Tailandia). Ese cuadro dio lugar a la guerra civil más larga del siglo XX. Los militares supieron concluirla en los noventa, firmando 28 acuerdos de paz de diverso contenido que han sido un gran avance. Pero la situación es muy frágil y fácilmente reversible a la menor inestabilidad. La oposición no tiene una polÃtica clara en eso, que es lo más fundamental para la paz, el desarrollo y la democracia.
Birmania es un paÃs que aun "se está haciendo", desde el punto de vista de su unidad interna e integridad territorial. Con entre 40 y 140 grupos étnicos, según la clasificación, si entra en un proceso desintegrador podrÃan resurgir fácilmente media docena de conflictos armados. La disolución del paÃs en varios estados llevarÃa probablemente a las grandes potencias a subvertir la independencia y usar a esos estados para otros propósitos. Teniendo en cuenta las riquezas naturales que Birmania contiene (10% de las reservas mundiales de gas, pesquerÃas intactas, 70% de la producción mundial de teca, piedras preciosas, una agricultura muy bien dotada por la naturaleza), asà como la posición vecina a China (un "rival estratégico" y la "próxima amenaza" para algunos), esos propósitos son aun más fáciles de imaginar que en el caso yugoslavo. Del caos birmano podrÃan salir nuevos Kosovo, Bosnia y Macedonias, estados solÃcitos para ambiciones ajenas cuya relación con "democracias" y "derechos humanos" serÃa algo meramente instrumental. Una vez más, la "democracia" y los "derechos humanos" podrÃan ser meros pretextos para el triunfo de intereses económicos y geopolÃticos bastardos.
Birmania se parece algo a Corea del Norte en su aislacionismo, pero es muy diferente en otros aspectos. Es un régimen duro y brutal, especialmente en la periferia de minorÃas étnicas, pero no es un sistema "totalitario". El tono de su sociedad es relajado y amable. Recibe 600.000 turistas al año. No es un estado policial en el que todo el mundo vive inmerso en una atmósfera de denuncia y delación. Frente a la fachada de completa unanimidad norcoreana, el régimen birmano es detestado de forma bastante explÃcita por una parte importante de la población. Y ese régimen tiene una digna y valiente oposición polÃtica organizada. En su historia hay un precedente en el que se cedió a la presión popular (1988) y se consintió la celebración de elecciones libres (que luego no se reconocieron mediante un nuevo golpe de estado). Todo eso es impensable en Corea del Norte, como lo era en la China de Mao.Y son ventajas. Otra diferencia es que el programa oficial de la junta es una democratización, con una Convención Nacional que debe redactar una constitución y que contempla un horizonte de referéndum y elecciones. Sin duda, ese programa queda lejos de una democracia genuina. Apunta hacia un sistema constitucional que consagre la supremacÃa del ejército, con sólidas garantÃas, institucionales y personales para los militares, garantes de la unidad nacional. Pero es un principio de salida del actual atolladero y una vÃa de evolución en clave de compromiso nacional. Ese escenario de pacto deberÃa ser fomentado, o por lo menos explorado, para crear instituciones nacionales que ocupen, paulatinamente, el lugar, sin aparente alternativa, que hoy ocupa el ejército. A la hora de rediseñar la polÃtica hacia Birmania, merece la pena preguntarse si 30 años de sanciones han servido para algo.

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