Pasados unos pocos días algo se ve más claro que antes: las recientes elecciones más que municipales fueron generales, tal como se había propuesto el PP durante la previa campaña, que se extendió a lo largo de casi medio año. Un Rajoy, que es una amable persona, aunque su puntiaguda barba le da un aire mefistofélico, salió a la televisión para proclamar la victoria del PP en votos y se presentó como futuro presidente del Gobierno español. Cierto es que en número de concejales y de alcaldes ganó el PSOE, pero si las elecciones no se consideraron municipales, semejante puntuación sería secundaria. En realidad, el discurso del PP, transformando las municipales en generales, no es nuevo en esta plaza. El 14 de abril de 1931 también se votó para unas elecciones municipales. Pero al día siguiente, basándose en que los republicanos habían ganado en las grandes ciudades - no en la entera España- se proclamó la República. Una imagen o recuerdo semejante debió de pasar por la mente de José María Aznar cuando días antes del escrutinio presentó una situación de enconado bipartidismo, que algunos creyeron evocaba las vísperas de la Guerra Civil. Y tanto fue así que desde la sede del PP libraron un comunicado precisando que Aznar en ningún momento había utilizado el término guerra civil.Cierto que no lo había hecho, pero muchos lo entendieron así porque todos sabemos que tras el enfrentamiento de lo que llamamos las dos Españas vino la Guerra Civil, que nunca deberíamos olvidar. Si en España hubo tan inaudito choque frontal, habría que huir de la crispación sistemática o usual, que ha pasado a ser precisamente el lenguaje de los líderes del PP. Llevando las cosas a redoble de tambor quizá han tenido razón desde su punto de vista para reunir el voto de muchos electores que han ido a las urnas pensando más en la cuestión general de España o de ETA que en los problemas de su ciudad, pueblo o comunidad.

Una vez más se ha cantado victoria por ambos lados. Y es que en realidad los dos han ganado en unas cotas y han perdido en otras, y entonces cabe recordar las ganancias y olvidar las pérdidas. A lo largo de su tan inadecuada campaña el PP anunció cataclismos ora por el Estatut catalán, ora por ETA, ora por Navarra. Yel resultado es que en Catalunya, en lugar de separatismos, tenemos en el poder un partido no nacionalista cuyo secretario general, nacido en Córdoba, es, además, presidente de la Generalitat. ¿Al PP le han hecho ganar muchos votos de catalanófobos sus campañas no sólo parlamentarias, sino también en la calle, recogida de firmas y presentación de un recurso, todavía en vigor, ante el Tribunal Constitucional? ¡Pero lo que son las cosas! Los votos que pudo haber ganado hinchando el globo anticatalán puede perderlos justamente en Catalunya, donde el voto, como en otras ocasiones, puede ser bastante decisivo en situaciones de empate técnico. El PP ha ganado en muchos sitios, pero ha perdido en otros, particularmente en Catalunya, donde han descendido porcentualmente sus votos. Piénsese que a lo largo y ancho de España el PP ha ganado al PSOE por una diferencia de aproximadamente 150.000 votos. Son más o menos los que ha perdido el PSOE en Catalunya donde, paradójicamente, el PSC-6PSOE ha adquirido más poder político, pero ha perdido votos, como ya ocurrió en los comicios anteriores. Si estos votos fueran, de una u otra manera, al PSOE, la diferencia aludida podría evaporarse. Téngase en cuenta que, salvo en Catalunya - donde no hay bipartidismo-, los votos, tanto socialistas como del PP, están muy consolidados. Pueden bajar o subir ligeramente, pero constituyen paquetes homologados. En Catalunya, en cambio, no es así y tanto por los votos de sus diputados (CiU) como por los directos del sufragio universal pueden modificarse en uno u otro sentido.

Ahora mismo parte de este voto catalán ha quedado sumergido o en la abstención en un 10 por ciento superior a la media española. Ese voto puede reaparecer si hay algo que ilusione o que provoque un fuerte rechazo. En estos momentos hay una gran preocupación entre la clase política que se pregunta cómo resolver tamaña abstención. Parece difícil que los mismos que han sido culpados de mala actuación por los abstencionistas sean los que aporten el remedio. Por lo que he oído o leído esta abstención la justifican muchos de los que en las elecciones anteriores votaron en favor de un cabeza de lista, que después fue superado por los acuerdos entre diputados de grupos adversos. La frase concreta es: "¿Para qué votar si siempre sale el tripartito?". En efecto, eso ocurrió dos veces consecutivas respecto a la presidencia de la Generalitat y ahora mismo su president, naturalmente, no lo ha visto como causa de abstención. El presidente de la Generalitat en una emisora de radio dijo que el cambio de la ley Electoral para conseguir que se vote directamente a un president no le parece tan atractivo, puesto que en otros países de nuestro entorno funciona como aquí. No será en Francia, donde De Gaulle cambió el sistema, que ha proporcionado a Sarkozy un sufragio directo de más del 85 por ciento del cuerpo electoral. Y si por una parte el señor Montilla ha dicho que debe presidir el Ayuntamiento de Barcelona quien encabeza la lista más votada, ¿cómo no se aplicó la fórmula a él mismo? Entre otras cosas hay que reformar la ley Electoral, lo que no será fácil porque exige la aprobación de los dos tercios del Parlament.