Usted no fue a votar porque está encantado con nuestros gobernantes. Tenemos un Gobierno que se preocupa todo el tiempo por nosotros y una ciudadanía que disfruta de un bienestar como nunca imaginó, que acepta que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El presidente de la Generalitat mantuvo esta singular tesis, aunque en honor a la verdad hay que decir que no apuntó que fuera la única causa de la abstención, a las cuarenta y ocho horas de conocerse el resultado de las elecciones municipales en Catalunya. No fue la única hipótesis, pero muy convencido debe de estar de ella, pues no resultó una ocurrencia en un momento de ofuscación, sino que la repitió dos veces en un día, primero en los micrófonos de Catalunya Ràdio y luego ante el resto de los medios, tan pronto como concluyó la reunión del Consell Executiu.

Ignoro cómo José Montilla ha llegado a estas conclusiones, que parecen el resultado de escuchar más a los militantes más próximos que a los electores más lejanos. Sostener que muchos ciudadanos no votaron porque están satisfechos con el Gobierno que hay es tener un alto concepto de los elegidos pero una baja concepción de los electores. La política, si de algo peca en este país, es de ensimismamiento. De tanto mirarse el ombligo, nuestros dirigentes piensan que es el centro del universo, cuando sólo es el epicentro de sus digestiones. Cuando en la punta del zapato empieza el mundo, el problema es que todo lo que queda detrás está fuera de él.

La verdad es que el mismo día de las elecciones el secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda, atribuyó la alta abstención catalana al Campeonato Mundial de fórmula 1, sin atinar que la carrera no se corrió en Montmeló sino en Montecarlo. Por cierto, Montilla dio a entender anteayer en el Parlament que cierta culpa tendría incluso el programa Polònia,sin atinar que dulcifica la imagen de los políticos. Apañados vamos con los analistas socialistas. Una cosa es que la socialdemocracia no haya sido condenada por la historia pero necesite reinventarse, como concluye Michel Wieviorka en La primavera de la política (Libros de Vanguardia), y otra que nuestros socialdemócratas vayan tan lejos en su reinvención que confundan sus carencias con sus éxitos, los abandonos con el cariño y el cabreo con la satisfacción.

Sostiene un buen amigo que si Montilla hubiera sido el capitán del Titanic también habría hundido el barco pero hubiera salvado a la tripulación. Con peores resultados en autonómicas y municipales que sus antecesores ha conseguido más poder que ellos. Así se entiende que piense que la gente está encantada de la vida, sabiéndose encantado consigo mismo.