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31 Mayo 2007

Pearl y el 'agujero negro' paquistaní, de Bernard-Henri Lévy en El Mundo

Entre otros defectos, tengo el de ser testarudo. Y en el capítulo de la testarudez hay una preocupación que no me resigno a dejar en manos de los beneficios del tiempo y de sus supuestas virtudes tranquilizadoras. Se trata de la investigación sobre la muerte de Daniel Pearl. Desde la aparición, en 2003, de mi libro sobre las circunstancias y las razones de esta muerte, hay un cierto número de elementos que han venido a sumarse, enriquecer o, simplemente, confirmar mis conclusiones.

Se han verificado, por ejemplo, mis hipótesis sobre Abdul Kader Khan, el inventor de la bomba atómica paquistaní. Ya mostraba en mi libro que el periodista de The Wall Street Journal, en el momento de su secuestro, estaba a punto de descubrir el papel que éste había desarrollado -y sigue desarrollando- vendiendo a Irán, Corea del Norte y, quizás, Al Qaeda, una parte de sus conocimientos técnicos.

Hemos visto resurgir al ex número tres de Bin Laden, Jalid Sheik Mohamed, del que sugería que había sido soltado por los servicios secretos paquistaníes y entregado -o, mejor, vendido- a los estadounidenses en vísperas de la sesión del Consejo de seguridad en la que el presidente Pervez Musharraf contaba votar contra la Guerra de Irak. Ahora se nos cuenta -algo en lo que, evidentemente no creo- que Sheik Mohamed habría confesado bajo torturas haber asfixiado a Pearl con sus manos.

Los amigos paquistaníes con los que sigo en contacto me anuncian que un tercer elemento, trascendental, acaba de añadirse a la lista: la reaparición y posterior muerte de Saud Memon, el rico comerciante de Karachi que era el propietario del terreno en el que el periodista fue detenido, decapitado y enterrado. El elemento nuevo, pues, es que el hombre clave del caso, el que creo que conocía todos los secretos últimos, ha muerto, hace unos días, ante la vista de todo el mundo, en el central Liaquat National Hospital de Karachi, donde, ya entonces, había reencontrado yo la huella de un militante de Al Qaeda presuntamente en fuga.

Y es que, unas semanas antes de su llegada a las urgencias del hospital, encontraron a este representante de una de las familias más adineradas de la capital económica del país arrojado como un perro en un basurero cercano a su casa, inconsciente, esquelético, medio muerto y, aparentemente, sin memoria.

Pero el elemento nuevo es también que, por fin, tengo la información que me faltaba el día de mi cita fallida con él. Y es que, esa misma mañana, sabiendo que le iban a detener, había abandonado el país en un vuelo hacia Sudáfrica. Tras lo cual, y casi de inmediato, fue capturado por agentes del FBI, transferido y detenido durante dos años en la base de Guantánamo. Y, en 2005, entregado a los servicios secretos paquistaníes.

Denuncio las torturas que le fueron infligidas, al parecer, a este hombre y que plantean, una vez más, el problema de los métodos de los servicios secretos de Musharraf. Denuncio su secuestro en las calles de Pretoria y su encierro en secreto en Guantánamo, lo que plantea, una vez más, los no menos detestables métodos utilizados por EEUU en su guerra contra el terrorismo.

Esta historia es, para mí, decisiva, al menos por tres razones. En primer lugar, porque confirma lo que siempre mantuve sobre el agujero negro paquistaní, un país aparentemente normal, aliado de EEUU, pero que, en realidad, es un formidable vivero de yihadistas que viven en sus grandes ciudades, a cara descubierta y ejerciendo, como Memon, profesiones totalmente honradas. Yihadistas a los que los paquistaníes mantienen controlados y van soltando con cuenta gotas, sabiamente, según las circunstancias y las necesidades de su azarosa alianza con Washington.

En segundo lugar, esta historia confirma lo que muchos hemos sentido siempre sobre el inexplicable malestar estadounidense ante la investigación de la muerte de Pearl, que habría tenido que ser tratada como una prioridad absoluta y una gran causa nacional. Pero, en vez de eso, lo único que se produjo fueron medias verdades y reacciones repletas de hipocresía. ¿Por qué no se nos dijo nada de la detención de este hombre clave en este caso? ¿Por qué haber esperado que perdiese la memoria y que muriese para filtrar la información? ¿A qué esperan para contarnos lo que reveló durante su detención?

Y, finalmente, esta historia es decisiva porque confirma que este terrible caso Pearl, anunciador de una nueva época al igual que el 11-S o la muerte del comandante Masud, sigue estando rodeado del mismo misterio, o casi, del primer día.

Bernard-Henri Lévy es filósofo y ensayista francés.

© Mundinteractivos, S.A.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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