BULEVAR
Algunas temporadas no salgo de casa y me aboco a la lectura de periódicos y libros de toda índole. Lo leído se acomoda en la zona cortical de la memoria y se mezcla con los comentarios traídos desde el mundo exterior por los miembros de la familia. La suma de los dispares acontecimientos se estructuran como una compleja red conformada por caprichosos nexos que vinculan la renuncia de Pasqual Maragall a la presidencia del PSC con los últimos días de Napoleón en Santa Elena y el reciente intento de suicidio de un poblador de Sitges, motivado -aparentemente- por la negativa de los otros propietarios a renovarle el mandato como presidente de la comunidad de vecinos. Me lo comenta mi esposa, después de que yo leyera en el diario que una mujer, conectada a un aparato de respiración asistida, falleció cuando le cortaron la corriente eléctrica por no pagar la factura de la luz.
Refiere André Maurois, en su biografía del Emperador de Francia, que en su choza de la isla de Santa Elena Bonaparte lamentaba no haber muerto en Moscú cuando su imperio había alcanzado la mayor extensión, en el momento cumbre, previo a la decadencia y la derrota final, en Waterloo. Napoleón en Santa Elena dictaba sus memorias y escribía cartas. También Maragall, que tuvo un poder limitado sobre un territorio comparativamente minúsculo, escribe ahora cartas a los amigos y proyecta ocuparse de Europa. No sabemos si escribirá memorias, pero su interés por este viejo continente tal vez no sea menor que el del que fuera llamado «el gran corso», que también nació en una tierra pequeña con vocación de independencia y pudo haberse quedado en Ajaccio, uniéndose a los grupos rebeldes del general Pasquale Paoli. Pero Córcega tal vez le parecía un piccolo bocato, comparada con Francia y, desde luego, con Europa.
¿Habrá pensado alguna vez, Pasqual Maragall, que Cataluña es un piccolo bocato para su vocación de grandeza? Puede que sea una divagación desatinada, pero también podría serlo querer suicidarse por no seguir de presidente de la comunidad de vecinos. La escalera del poder, y la de las ambiciones, va desde los sótanos a lo alto de los rascacielos, y muchos de quienes pierden su pequeña o grande parcela de mando sienten que han sido mutilados. Napoleón se preció de haber devuelto a Francia su grandeza (como De Gaulle, un siglo más tarde), Maragall trajo a Barcelona los Juegos Olímpicos, y el ex presidente de la comunidad les recordó a los vecinos que había hecho cambiar los apliques de las luces e hizo pulir el suelo del vestíbulo. Las masas son ingratas y nada reconocen.También podían haber dicho que se han limitado a cumplir con su trabajo, como dijo haberlo hecho el técnico de la Compañía de Electricidad, en Nueva Zelanda, cuando cortó la corriente, provocando la muerte de la mujer que vivía gracias a la respiración asistida. Me pregunto si el poder, obtenido mediante alianzas contra natura, no se mantiene gracias a la respiración asistida.
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