El mes pasado se dio a conocer un sondeo encargado por el CEO, el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat, a la conocida empresa Demoscopia, que resultaba muy ilustrativo y lo es aún más a la vista de la abstención electoral en Catalunya manifestada en los comicios locales del domingo pasado.

En los procesos electorales de estos años de democracia - recordemos que el próximo 15 de junio se cumplirán exactamente 30 años de las primeras elecciones libres- la participación electoral en Catalunya tenía una curiosa característica: era mucho más intensa en las elecciones generales que en las autonómicas, especialmente en el área metropolitana de Barcelona, con diferencias habituales que oscilaban entre veinte o veinticinco puntos. Por ejemplo, en Vic participaba en las autonómicas el 65% del electorado, mientras que en Santa Coloma de Gramenet lo hacía el 50%. Esta distancia se acortaba en sentido inverso en las generales: en Santa Coloma participaba el 75% y en Vic el 70%. Dicho todo ello en términos generales. Resultaba bastante evidente que el origen y la lengua habitual explicaban esta diferencia.

Las elecciones municipales, por su parte, se situaban en una posición intermedia: hasta los últimos años la participación no era tan masiva como en las generales ni tan escasa como en las autonómicas. En las del domingo pasado, la abstención también ha afectado a las elecciones locales, registrándose la mayor abstención de los últimos treinta años. Estos días no se habla de otra cosa en los medios políticos. Se busca la especificidad catalana, dado que este descenso en la participación no ha tenido lugar en el resto de España.

Joan Saura, el conseller de Participació, ha anunciado que encargará un estudio para averiguar las causas del fenómeno: supongo que muchos ciudadanos han sonreído escépticamente. Quizás Saura debería tratar de explicar las razones por las cuales la gente participa menos precisamente cuando se ha creado una conselleria para encargarse de ella. También habría que meditar sobre todo esto de forma más general: crear un ministerio de la vivienda no soluciona el problema de la vivienda, un ministerio de cultura no nos hace más cultos, etcétera, etcétera. ¡Ay, las burocracias inútiles! Ahora, Carod está creando en el Departament de Presidència de la Generalitat una especie de ministerio de asuntos exteriores catalán. ¿Para qué servirá si no tenemos competencias en asuntos exteriores? Supongo que unos cuantos centenares, o miles, de catalanes viajarán más por el mundo pagados por los impuestos de los ciudadanos.

Sería muy interesante averiguar cuánto cuesta al erario público la frustración de algunos por no tener un Estado propio...

Pero vayamos otra vez al interesante sondeo de la Generalitat del que les hablaba al principio. Se parte de descomponer la sociedad catalana, según el nivel de vida, mediante las cinco clases sociales tradicionales: baja, media-baja, media, media-alta y alta.

Pues bien, de este estudio se extraen dos interesantes consecuencias. Primera, la clase baja es la que más se abstiene: el 57,5% cree que no sirve para nada ir a votar. Por el contrario, la clase alta es la más participativa: el 68% cree en el deber cívico de concurrir a las elecciones. Las clases medias sitúenlas a medio camino entre las otras dos. Segunda consecuencia, la clase baja se sitúa en el eje identitario preferentemente como sólo españoles o más españoles que catalanes y su voto se dirige, también preferentemente, al PSC o al PP; los miembros de las clases altas, en cambio, se consideran, en una importante proporción, más catalanes que españoles o sólo catalanes y votan preferentemente a CiU y a ERC. El voto de las clases medias se reparte sobre todo entre CiU y el PSC y sus sentimientos identitarios se inclinan más por la catalanidad. El sondeo ofrece también algunos datos curiosos; por ejemplo, el PP cosecha prácticamente tantos votos entre las rentas más bajas (9,7%) como entre las más altas (9,3%) e IC tiene más respaldo entre los ricos (10%) que entre los pobres (7,5%). Al comentar este sondeo, La Vanguardia tituló su información "Los ricos siempre votan" y El País,"Si usted tiene dinero es catalanista", ambos diarios con fecha de 20 de abril pasado. Sintomático. Estas dos consecuencias parece que se han reflejado muy exactamente en estas elecciones. En los barrios altos de Barcelona (Sarrià, Sant Gervasi, Bonanova, Tres Torres) la participación es, aproximadamente, del 60%; en los barrios medios (Eixample, Gràcia, Les Corts, Sagrada Família) la participación oscila, en más o en menos, alrededor del 55%; en los barrios bajos (o medio-bajos), la horquilla está entre el 40% y el 50%, bajando del cuarenta en los más periféricos, como es el caso de Torre Baró, Vallbona, Trinitat, Ciutat Meridiana y Baró de Viver.

No sé las explicaciones que dará el estudio que nos ha prometido el conseller Saura. Deseo leerlo para intentar comprender qué está pasando en Catalunya, por qué el entusiasmo por ir a votar es tan perfectamente descriptible. Seguro que los factores son varios y la coyuntura política de los últimos años no será el menor. Pero, por favor, no olviden tener en cuenta y valorar debidamente los datos expuestos, sacados de un reciente estudio encargado por la propia Generalitat. "La condición social determina la conciencia", dijo el viejo Marx y en ello no iba desencaminado. ¿Los pobres no votan? ¿La abstención es lo que determina su condición social?

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.