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31 Mayo 2007

De balances y de comportamientos, de Jordi Pujol en La Vanguardia

El primer balance es, globalmente, el de la transición española.

Ha sido un gran éxito. Lo ha sido en el plano político, pese a turbulencias excesivas en algunos momentos, como ahora mismo. Lo ha sido en el plano social. Se ha ganado en bienestar, en nivel de vida, en modernidad, en menos desigualdad, en autoestima y confianza. Y lo ha sido en el plano económico. Ha habido un crecimiento espectacular dentro de España, y las empresas y en general la economía española tienen una presencia y un prestigio fuera de España que nunca habían tenido. La renta de los españoles ha dado un salto espectacular.

Lo ha sido también en el aspecto territorial. El crecimiento y el bienestar se han esparcido por toda España.

Y se ha incorporado plenamente a Europa. En lo económico, en lo político y en mentalidad.

Todo esto es fruto de muchas contribuciones: de la sociedad civil en general, del mundo académico e intelectual, del empresariado y de los sindicatos, etcétera. Pero también de la clase política. Un país sin sociedad civil difícilmente progresa. Pero sin buena clase política, tampoco.

He aquí un primer balance. Positivo.

Analicemos un segundo balance.

A este balance general positivo, ¿qué contribución ha hecho Catalunya?

Muy importante. ¿Como todo el mundo? ¿Más o menos que el resto? No lo sé, pero muy importante y muy positiva. En ocasiones, decisiva.

Durante todo el siglo XX Catalunya en España ha perseguido constantemente algunos objetivos. A saber: la modernización del Estado, el desarrollo económico, la democracia, el progreso social, el acercamiento a Europa. Y - para comentar luego- la autonomía.

Catalunya y los catalanes no han sido los únicos que han empujado en esta dirección. Pero lo han hecho intensamente y en determinados aspectos y periodos más que nadie. Lo han hecho en el plano de las ideas y de la acción política. Y lo han hecho - y es preciso subrayarlo- en términos económicos. Su contribución solidaria de carácter económico al desarrollo español ha sido muy importante. Esto no debe ser ignorado ni negado contra la evidencia.

Por supuesto que este compromiso catalán respecto a España comprendía una reivindicación del reconocimiento de la personalidad diferenciada de Catalunya dentro del Estado, es decir, una amplia autonomía política, administrativa y cultural. Y con garantías de respeto y apoyo a su lengua y en general a su identidad; que además fuese completada con la defensa de una organización territorial idónea para la España más homogénea y que, hasta hace bien poco, no reivindicó ningún tipo de autonomía, pero que a nuestro entender podía beneficiarse de la instalación de algún sistema de autogobierno.

Vistas las cosas con la perspectiva de treinta años, cabe decir que desde el punto de vista general español este balance también es positivo.

Hay un tercer balance.

Una parte de esta contribución catalana ha transcurrido a través de CiU, que a la actitud positiva y comprometida de Catalunya antes descrita añadió su propia acción, como fuerza política a nivel español durante 24 años y como Gobierno de la Generalitat.

Lo que iba a ser la actuación de CDC - que poco después fue también la de CiU, es decir, la federación de CDC y UDC- se definió en julio de 1977. Y perseguía dos objetivos políticos básicos. El primero, conseguir un grado de autonomía suficiente desde el punto de vista identitario, de la convivencia y de la cohesión, de la idea y del sentimiento como pueblo, y desde el punto de vista político, administrativo y económico.

No voy a entrar ahora en el análisis del grado de cumplimiento de este objetivo. Pero debo dejar constancia de que el clima general en España referente a la identidad y el autogobierno de Catalunya actualmente no es bueno. Vuelvo luego a referirme a ello.

Sí voy a detenerme en el segundo planteamiento, que era contribuir a que en España hubiese continuidad en las líneas básicas de actuación política y económica, que hubiese estabilidad, condición ineludible de la continuidad, y que hubiese gobernabilidad.

Continuidad, estabilidad, gobernabilidad. Éstas eran las claves para que España diese un gran salto adelante. Y lo ha dado. Y CiU ha cumplido. Como el que más. Y más que muchos.

Ilustremos esto con algunas fechas.

1. Julio de 1977. CDC, con ocho diputados en el Congreso, los ofrece sin pedir contrapartida al vicepresidente Fuentes Quintana y a Suárez para que el Gobierno, al que le faltaban ocho diputados para tener mayoría, pudiese llevar a cabo la política económica - difícil y poco popular- para evitar a España una deriva sudamericana, que en aquel momento era un riesgo mortal para la democracia.

2. Siguió - ya como CiU- dando apoyo en solitario en cuestiones esenciales para el despegue de la democracia a los gobiernos de UCD.

Esto fue así. En una época muy dominada por la demagogia y la agresividad, dar apoyo a una política equilibrada y realista era muy difícil. Aunque luego en parte, ya instalado en el poder, el PSOE también la practicó.

3. Junio de 1993. El PSOE pierde la mayoría absoluta, y en un momento de crisis económica y social muy peligrosa, y pese a la relación difícil que había habido entre nosotros, CiU decide dar apoyo al Gobierno. Negocia y reclama un cambio radical de la política económica española en el sentido de acentuar los aspectos productivos y no poner excesivamente el acento en los financieros. Fue lo que llamamos la vuelta a la economía productiva. Cambio que efectivamente se produce de la mano del nuevo ministro de Economía, Pedro Solbes.

Contra viento y marea (GAL, asunto Roldán, asunto Mariano Rubio, etcétera), pero con un Gobierno que gobernaba bien y que además llevaba a cabo una muy buena política europea - por ejemplo, los fondos de cohesión- y mediterránea (proceso de Barcelona), CiU apoyó al Gobierno de Felipe González hasta que a finales de 1995 se alcanzaron los principales objetivos de la legislatura.

4. Abril de 1996. El PP gana sin mayoría absoluta en un momento clave para la incorporación de España a la unión económica y monetaria (el euro) y la definitiva superación de la crisis económica. CiU deja de lado el trato muy agresivo que había recibido del PP y negocia. Pone sobre todo como condición la continuidad de la política de Solbes, cosa que Rato hizo con gran brillantez y eficacia durante ocho años.

La lista podría ser mayor. Pero bastan estas referencias para ilustrar la contribución de CiU a aquella tríada virtuosa de estabilidad, continuidad y gobernabilidad. Contribución no fácil, porque siempre ha expuesto a CiU a un doble fuego cruzado. Uno en Catalunya. El otro en España, puesto que el apoyo nacionalista a un Gobierno español era manipulado por el partido de la oposición. Fuese el que fuese.

Balance autonómico.

Éste es un balance también positivo. El Estado de las autonomías ha liberado energías, ha estimulado el sentido de la responsabilidad en todo el territorio y ha provocado una emulación general. En todos los sentidos ha enriquecido al conjunto del país. Y en esto Catalunya ha desempeñado un papel especialmente importante.

Cabría hacer otros balances. Desde otros puntos de vista. Y cabría hacer el balance de Catalunya. Del de Catalunya en su conjunto. Del de casi 24 años de gobierno de CiU. Del de los dos tripartitos. De la situación actual del país. Pero tiempo habrá para ello.

Pero hay un balance que aunque muy someramente sí que hay que hacer. El de la opinión y la actitud hoy mayoritarias en España respecto a Catalunya. No son buenas. No es un buen balance. En septiembre del 2003 pronuncié mi último discurso como presidente de la Generalitat en Madrid. En el Colegio de Abogados de Madrid. Se titulaba De la Constitución hasta hoy.

En aquella conferencia - de balance general positivo, como lo es el de este artículo- yo ya tuve que expresar, como catalán, un cierto desencanto. Y ello delante de un público que insistía en decirme que yo había contribuido a este buen balance. Sin embargo, tuve que dejar traslucir cierta tristeza.

Que se ha incrementado durante los tres últimos años. En parte por errores cometidos en Catalunya. Pero también por una actitud de resistencia honda a aceptar la realidad de Catalunya en buena parte de España.

Algún día habrá que completar el balance. Quede hoy constancia, pese a todo, del progreso general que ha habido. No es ni justo ni inteligente querer ignorarlo. Ni eficaz. Porque constatarlo ayuda a enfrentarse mejor al futuro.

Tags: jordi pujol

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