La sonrisa va por barrios, y los gestos adustos también, después del 27 de mayo. En Madrid y Valencia, sobre todo, estalló una alegría desmesurada, al menos en el sentido de desbordar las previsiones del alborozo. Lo de Valencia fue una reedición de las fallas en la explosión anímica. Precisamente allí, como en Madrid, pero con especial claridad, los vencedores fagocitaron a sus competidores internos, los de su propia familia. A Eduardo Zaplana, en los festejos de la victoria, se le ha dado por desaparecido desde el propio Madrid. No se le vio en el balcón de Génova. El éxito de Camps le ha cortado los caminos del retorno a la vieja influencia regional. Acebes, en lo suyo, procura no perder comba.

En Madrid, el “imperio” de Esperanza Aguirre y de Alberto Ruiz-Gallardón promete acuerdos pragmáticos entre ellos, pero siempre que no se olvide la vieja metáfora de los escorpiones en una botella. De momento, paz fecunda en espera de que las circunstancias acentúen o amortigüen los términos tradicionales de una conocida rivalidad. Gallardón ya se ha ofrecido a Rajoy.

José María Aznar anda un poco perdido entre la niebla, sobre todo en esta hora en que Mariano Rajoy ha recibido una importante carga de vitaminas políticas. Ha sonado la hora de las albricias. Y también la oportunidad de dirigir la atención preferente hacia ese momento político que se toma para llegar todo el tiempo que dura una gestación: nueve meses antes del parto de las elecciones generales. Si Zapatero no decide adelantarlas, algo improbable porque no es la coyuntura ideal para remover los vientos de las inquietudes ciudadanas.

Más complicada está la situación en el mundo socialista. Zapatero ha jugado a la normalidad, al aquí no ha pasado nada. Pero ha pasado. El líder va recogiendo los frutos amargos de sus errores, por más que él los muerda y los encuentre gratos de sabor. Rafael Simancas ha empezado a traslucir lo que se había reservado en las profundidades de sus rencores. Nunca le gustó la compañía de Miguel Sebastián. Eso de hacer ticket con el favorito de ZP era tanto como correr el riesgo del segundón en la batalla de Madrid. El fracaso del aspirante a la Alcaldía estaba cantado, y el suyo, el de Simancas, se perfilaba en la Comunidad como un paralelismo lógico. Ahora, tras las elecciones locales, el PSOE, se diga lo que se diga, no quiere a Sebastián como portavoz en la Alcaldía. Y Simancas, desde la Asamblea de Madrid, ha recibido, en su impaciencia por huir de otros cuatro años de mediocridad opositora, la orden de esperar. Todo a su debido tiempo, incluida la extinción política. Y el hombre, disciplinadamente, aguarda. Zapatero no quiere que se abra antes de las generales la caja de los truenos de las rivalidades intestinas. Y Simancas esperará los meses precisos para salir discretamente por el foro. Será para él el adiós definitivo. El líder de la antigua FSM, hoy PSM, habrá pasado a la nada política.

Entre los fracasos del PSOE conviene consignar, a efectos informativos aunque también políticos, la pérdida de la mayoría absoluta en la emblemática (para el socialismo) ciudad de La Coruña. Allí “reinaba” o más bien imperaba, Paco Vázquez, hoy brillantemente desterrado en la embajada española ante la Santa Sede. Allí, desde Roma, el mítico alcalde coruñés habrá podido en alguna medida satisfacer su vanidad de político insustituible. Su sucesor, Javier Losada, no ha podido quedar a su altura, para mayor ejemplaridad de Zapatero en el sentido negativo de la palabra, ya que Losada fue la opción del presidente del Gobierno y líder socialista frente al “condenado” al exilio en la Ciudad Eterna.

La verdad es que Zapatero está llenando de cadáveres su armario institucional. La “vieja guardia” ha sufrido una considerable selección al revés. Dentro de nueve meses se abrirá una perspectiva nueva, no se sabe si mejor o peor que la actual. Por lo menos distinta.