HIERÓN, rey de Siracusa, maliciándose que el orfebre al que le había encargado una corona de oro puro la había confeccionado mezclando el dorado metal con simple plata, encargó a Arquímedes que, sin dañar la joya, confirmara sus sospechas. Fue así como por causalidad el sabio griego gritó «¡Eureka!» y descubrió el principio que lo haría universal: el de que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un impulso hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja.

Ese principio esencial de la hidrostática debería ser, tras las elecciones del domingo, un principio fundamental de la política. Y es que el resultado producido en muchos ayuntamientos del país, donde ningún partido ha obtenido la mayoría absoluta que asegura la elección matemática de alcalde, plantea, entre otros, un primordial problema democrático, para cuya solución la aportación de Arquímedes resulta de gran utilidad. No me refiero a la cuestión, tan importante, de si se respeta mejor la voluntad popular dejando gobernar al más votado -sobre todo si el más votado está a gran distancia del segundo- o articulando en su contra una coalición municipal. Ni tampoco a esa práctica, muy poco democrática, por virtud de la cual las direcciones partidistas imponen a sus concejales pactos globales que no respetan la voluntad de cada grupo local ni las peculiaridades de cada municipio.

Más allá de esos problemas, hay otro adicional, cuya importancia es esencial: el de cómo deben articularse internamente las coaliciones locales de gobierno.

Es aquí donde entra Arquímedes, pues también todo partido sumergido en una coalición experimenta un impulso hacia arriba que debe ser igual al peso del volumen de votos que desaloja.

Ciertamente, en las coaliciones en que uno de los socios es muy grande y otro muy pequeño -como acontece en Galicia con la mayoría de las que permitirán al PSdeG y al BNG arrebatarle al Partido Popular un montonazo de alcaldías-, el poder municipal de cada grupo no debería exceder en ningún caso de su peso relativo en número de votos.

Por eso, los partidos grandes no deben resistir la presión de los pequeños con la política cicatera de no perder botín para repartir entre los suyos, sino con el principio democrático de que dar a cada uno más de lo que le corresponde por sus votos constituye un fraude a la voluntad del cuerpo electoral. Bastante sangrante es ya quitarle el gobierno a quien ha ganado con toda claridad, como para añadir a esa lectura discutible del resultado electoral el recochineo de convertir a quienes son una exigua minoría electoral en socios de copa, puro y «lo que el señor guste mandar»