AQUI NO HAY PLAYA

A la manera de un eclipse sietemesino, cada cuatro años más o menos, suele apalancarse un candidato en la balconada para agradecer a la feligresía la devoción. En Madrid es cosa muy del PP eso de asomar por la verja el tiesto de la presidenta o la maceta del alcalde en la noche de las banderas eyaculantes. Los balcones exageran la conducta y le dan al líder un algo de falso inquilino de la gloria, de virgen con sed en los solares del Rocío. Tienen algo de altar improvisado, de hornacina imprecisa donde lo mismo se posa una paloma de ozono que aparece la vecina con un vértigo de tanga suspendido sobre el Foro.

Los balcones han dado mucho de sí como símbolo. Ya en el Madrid de Larra las exclusivas llegaban a la redacción de El Observador en un morse que cruzaba por los miradores, pespunteando de mentiras y de verdad mal contrastada el barrio de los Austrias. La crónica de los cuernos, los fusilamientos y las traiciones se difundían por el internet cantado de los balcones con algo de noticia pajaroide. Y desde uno de la Puerta del Sol se proclamó la República a gritos, con esa algarabía ornamental de un fin de época que quedó ahogado a tiros.

La política de ahora está convencida de ser algo más que un apaño, pero le sobra balcón y le falta grandeza. Está instalada en el picadillo ideológico y obsesionada por seguir conservando el sitio en el Monopoly del pelotazo. Las elecciones de anteayer las hemos perdido los de siempre y en directo, es decir, el personal de clase turista. Hemos legitimado con el voto una política de jugadores de mus disfrazada de proyectos. Pero lo que hay en verdad es una urgencia por despejar quién tomará La Moncloa, aunque haya que llegar con muletas. Lo importante de la política de calle sólo le importa al alcalde de Parla, Tomás Gómez, que ha sido la revelación del pasado domingo. El único que ha cambiado el balcón por el tranvía, un publicista por un testimonio. Viene a cantar su otra verdad desde el alminar del ensanche obrero que ha encontrado en la posmodernidad su Arcadia. En eso no se ha fijado nadie. Mucho brasear con lo de la Puerta de Europa y resulta que la zambra del futuro la están cantando por los tabancos del Sur.

Los demás están trajinando Madrid y sus afluentes como a una momia. Resulta lamentable que esta campaña electoral haya tenido por toda hidratación el cambalache de una foto braguetera. Pero aquí ni cristo ha hablado de Cultura, por ejemplo. Los libros, el arte, el cine, el teatro, la peña con cosas que decir de otra manera han quedado reducidos a cuadro flamenco. Triunfan los choris intelectuales en los colmados y en los balcones. La Cultura se ha convertido en una polaroid urgente o en ocio de supermercado. Luego vendrán diciendo que la Feria del Libro ha sido un éxito porque se venden recetarios de cocina sin sartén y un puñado de novelas menopáusicas. Sospecho que según se acerquen las generales de 2008 iremos a peor. Es la neurastenia inmobiliaria del balcón.

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