"Però el cor s'absté com si fos virtut". Lo dejó escrito Carles Riba en Salvatge cor. Y sus palabras siguen ahí, entre otras cosas para recordarnos que a la abstinencia y a la abstención les une fatalmente el lexema, que ambas omisiones, aunque a veces simulen disimularlo, son hijas de un mismo verbo. Abstenerse o no abstenerse, esa es a menudo la cuestión. Unas veces el asunto es privarse de satisfacer un apetito; otras, no hacer uso de un derecho. Pero lo único cierto es que ya no siempre resulta claro cuando se trata de lo uno o de lo otro.

Hubo un tiempo en el que la práctica de la abstinencia, consagrada por el catecismo como virtud, confería un aura de santidad. Y también llegó a haber, cuando pasaron los años en los que votar era un deseo imposible de saciar, una época en la que se consideró la abstención como un vicio nefando. Ahora todo parece menos claro. Es indudable que la divina acracia ya invitaba a los obreros a practicar la abstención como abstinencia proscribiendo, en su decálogo, el voto. Pero fue durante la transición, en el momento en que algunos viejos pecados sexuales o familiares se metamorfosearon en derechos, cuando, al invitar a las ovejas de su rebaño a practicar la virtud no acogiéndose a éstos, la clericatura católica borró conceptualmente de manera definitiva la línea roja que separaba la abstinencia de la abstención. De esos polvos nunca consumables sin mácula vinieron quizás estos lodos. Y quien tenga oídos para oír habrá podido escuchar durante estas últimas semanas los sermones de quienes hablaban de la abstención como del primer mandamiento de la ley del buen ciudadano en la Catalunya de Montilla. Me gustaría que quienes invierten los mejores años de sus vidas distinguiendo entre lo políticamente correcto de lo impolíticamente incorrecto para dar un barniz de incorrección a su conservadurismo fondón aclararan si, como parece, el domingo incurrían en flagrante incorrección política quienes ejercían el voto. Y que, en caso contrario, dieran una buena razón que explicara por qué algunos ciudadanos entraban en los colegios electorales discretos y avergonzados como los clientes de un burdel.

Tiempo habrá para analizar con detalle los indicios que permitan sentar hipótesis sobre las causas de la pertinaz abstinencia electoral que nos afecta, probablemente actuando, como se ha dicho, como una profecía que indefectiblemente se autoverifica al propiciar aquello que anuncia. Pero estoy convencido de que la difusión de la moda de los ideales ascéticos entre el electorado catalán no puede explicarse sin mencionar el auge en los medios de comunicación de los sermones que, fingiendo olvidar que los partidos no pueden dejar de actuar de acuerdo con sus intereses entendidos en términos de poder, criminalizan hipócritamente la realidad política existente en nombre de un mundo ideal que, aunque ni está ni nunca ha estado en ninguna parte, se erige como el único con derecho a existir, un mundo ideal en el que el orden de las fotos no altera el significado del álbum o en el que los sumandos cuentan más que la suma. Quienes en verdad se preocupan por la participación ciudadana deberían recordar que el secreto de las relaciones entre los políticos y la sociedad coincide con aquel que, según los viejos tratadistas, daba solidez al matrimonio: no hay que alimentar quimeras, porque, con las falsas ilusiones, adelgazan los motivos de decepción.