Por suerte estoy convencido de que en la zona comprendida entre Trubia y Siero las condiciones ambientales son perniciosas para la vida inteligente y pocas veces transito el Corredor del Narcea en esa dirección. Si lo hiciera cada día, tendría que cambiar el título del artículo porque la sensación que me produciría conducir por el tramo del Puente de San Martín a Cornellana no sería la de un sarpullido, sino la de un ataque de viruela galopante.

No sé a qué genio de la vías rápidas se le ocurrió diseñar una carretera que pasase por el medio de todos los pueblos de tal manera que si colocásemos las señales de limitación de velocidad en olivos en vez de en postes dentro de unos años seríamos exportadores netos de aceite. No quiero ensañarme con el pobre hombre porque probablemente esté peregrinando descalzo a Roma para pedir perdón por sus pecados. Tampoco quiero saber quién fue el consejero o ministro que permitió semejante desaguisado. Seguramente habrá abandonado la política e ingresado en un convento de clausura para no tener que pasear por la calle su vergüenza.

Quiero, en cambio, ser positivo y proponer alternativas para aprovechar las especialísimas condiciones de este tramo. Y no pretendo decir con esto que su actual utilización como generador de multas esté mal. Al contrario, bien sabemos que a los conductores de la zona nos sobra el dinero y el Estado anda muy necesitado. Pero restringir el uso de una maravilla como esta a una sola actividad es infrautilizarla.

Podría, por ejemplo, utilizarse para motivar a los buenos conductores. Aquél que consiguiera recorrer los diez kilómetros sin transgredir ninguna norma tendría como premio dos puntos más en el carné. Les haría ilusión y no costaría nada. Se podrían utilizar para comprobarlo los mismos radares que se usan para las multas con lo que no sólo se ahorraría sino que se generarían ingresos.

En el otro extremo, no se podría encontrar un lugar mejor para reeducar a aquellos conductores que han perdido todos sus puntos. Colóquesele un monitor al lado y póngasele a recorrer el tramo detrás de una de esas hermosas caravanas de camiones que traen el carbón foráneo a la térmica de Soto. Después de una docena de estos viajes o bien ha desarrollado una paciencia capaz de competir con la de santo Job o bien no ha podido resistirlo y se ha pasado a los tranquilizantes y el transporte público para el resto de sus días.

Y no hablemos de su aprovechamiento en períodos electorales como el que acaba de pasar. El número de promesas que se pueden hacer es casi ilimitado. Se podría prometer soterrarla o colocarle encima una losa, que ahora se llevan mucho. Podríamos prometer rescatar las multas o, por lo menos, subvencionarlas. Podríamos, incluso, prometer un ferry por el río. Total, sólo los más inocentes esperan que alguien cumpla las promesas electorales y a ésos se les puede explicar que la coyuntura internacional no nos permitió cumplirlas y volver a prometérselo en la siguiente campaña.

Estoy seguro de que a mis amables lectores se les ocurren más cosas que podrían hacer con ese tramo, aunque me temo que algunas de ellas no serían adecuadas para trascribirlas en estas líneas. En fin, paciencia y suerte.