Algunos abstencionistas son, en realidad, enamorados de la democracia. Creen que la urna es un sagrario y que el voto es el acto cívico de mayor relieve. Y no soportan los juegos de manos con que los políticos acaban haciendo desaparecer su voto en la chistera de los enrevesados pactos. Estos abstencionistas se bifurcan en diversas direcciones. Los que votarían CiU, pero, decepcionados por la muralla tripartita, abandonan. Los que votarían PSC pero no sienten conexión emocional con el difuso nacionalismo que los socialistas acaban practicando en sus ceremonias de confusión tripartita. También los partidos menores pierden votantes por esta misma razón: independentistas que están hartos de comulgar con los socialistas, ecologistas que no entienden las concesiones de ICV al pragmatismo socialista, etcétera. Estos abstencionistas podrían regresar a las urnas si el sistema electoral incorporase correcciones técnicas tendentes a clarificar la relación entre voto emitido y gobierno pactado.

Tales medidas no curarían, sin embargo, la enfermedad de la abstención catalana, que tiene causas más profundas. Una de las más influyentes, aunque menos comentada, es la transversalidad catalanista. La transversalidad facilita el consenso político sobre cuestiones básicas (lengua, economía, simbología), pero impide la tensión dialéctica, imprescindible en toda democracia. La inexistencia de diferencias profundas entre los gobiernos de Pujol y los tripartitos ha contribuido a confirmar la falta de tensión. La democracia catalana sólo sabe a catalanismo. No existe en ella verdadero contraste de sabores. Es más sosa que una verdura de hospital. Está claro que Ciutadans no es la respuesta. Si los abstencionistas desearan negar de raíz el catalanismo, ahora podían hacerlo. Los desapegados no quieren negar. Pero necesitan un campo de juego más abierto para jugar de verdad a la democracia: con equipos claramente diferenciados.

Los partidos catalanes se critican mucho, pero por tonterías que al indiferente le importan un comino. No expresan tensión ideológica o sentimental, sino pura competencia gremial. Los políticos catalanes expresan deseos infantiles.

"Tenemos un sueño", se desgañitaba el corajudo Trias. No es mi sueño - pensaba el votante- es el tuyo. "Los socialistas tendremos una gran alegría en Tarragona", afirmaba Montilla. Y a mí qué, pensaba el ciudadano. Tales argumentos gremiales producen algo más que somnolencia entre la gran mayoría de la población. Producen repelencia. Sueño con ser alcalde, me alegrará ganar. ¡Y a mí qué!

La obscenidad con que los partidos expresan sus deseos gremiales ha aumentado con el tripartito. No por maldad intrínseca, sino porque son más a repartir. Sobra obscenidad, falta tensión de fondo. En un país tan frágil como el catalán, la abstención producirá necrosis. Habrá que esperar a que la cosa se pudra. No reporta la historia muchos casos de cirujanos que, ante la constatación de su propia necrosis, tuvieran el coraje de practicarse la amputación.