Advierto, de antemano, que en este breve análisis que se me pide, intentaré ser objetivo, pero difícilmente puedo ser neutral, cuando aún no me he recuperado de una interminable jornada como interventor electoral y de una noche donde medité, con dolor, algún resultado que ni me es desconocido a mí ni al común de los socialistas ovetenses. Y también, con estas líneas, rompo un silencio de cuatro años, en los que jamás opiné públicamente de política municipal, por respeto a quienes me relevaron en la oposición del Ayuntamiento de Oviedo, a quienes debo reconocimiento y gratitud.

No me es fácil, por tanto, deslindar mi condición de profesor de Derecho Público, del que se espera un juicio frío, de mis vivencias políticas que, pese al paso del tiempo, no se han diluido en una amnesia cómoda y acrítica. Tampoco, en mi condición de militante antiguo, me resulta sencillo separar la satisfacción por los resultados en el Principado y en muchos de sus concejos, con las decepciones de lo que me es más próximo o con la preocupación por lo que pueda suceder en algunos territorios, caso de Navarra, donde todo paso es delicado.

Desde un planteamiento muy clásico y simple, destinaré un párrafo al panorama nacional, tras los comicios del domingo, una segunda reflexión al marco asturiano y una última observación al plano municipal en nuestra comunidad.

Como es sabido, en trece territorios se celebraron comicios autonómicos simultáneamente a los municipales. En general, puede observarse que el bipartidismo sigue ganando enteros en España, también en los niveles infraestatales. Por ejemplo, en Extremadura y Castilla-La Mancha sólo hay dos fuerzas parlamentarias, lo que propicia que, constatados los resultados, no haya suspense en la formación de gobiernos. Diversamente, la fragmentación de la representatividad puede dar lugar a opciones muy variadas, como es el caso de Baleares, Navarra o Canarias.

Con esa perspectiva bipartidista que, quiérase o no, se utiliza para hablar de primarias, no es de extrañar que el Partido Popular destaque que ha obtenido casi 160.000 votos más que el Partido Socialista en el recuento de los votos municipales y que el PSOE destaque que ha superado los 24.000 concejales y que no ha quedado muy lejos de los 700 más que su principal oponente.

En el marco local, tal vez la mayor satisfacción socialista hayan sido los resultados de Tarragona o Las Palmas y las posibilidades de pacto que se abren en lugares como Orense, Vitoria, Pamplona, Soria, Segovia, Teruel, Cáceres, Toledo, Jaén, Palma de Mallorca o Almería . Para los populares, además de la recuperación de Cuenca, el triunfo más esperado y rotundo ha sido el de las dos instancias madrileñas.

PSOE y PP han mantenido o consolidado muchos de sus feudos tradicionales y pocas capitales de provincia podrán ser gobernadas por fuerzas minoritarias (Córdoba, Bilbao, Pontevedra o Santa Cruz de Tenerife).

La ausencia, en estos comicios de los líderes carismáticos Bono, Rodríguez Ibarra y Vázquez, se ha notado de forma muy diferente. Mientras que la Cámara castellano-manchega cuenta ahora con tres diputados socialistas menos que en 2003, la extremeña añade dos miembros más al grupo socialista. En el otro extremo, el PSOE ha perdido diez puntos y tres concejales en el municipio de A Coruña, aunque, previsiblemente, seguirá gobernándolo.

En Asturias, la opción encabezada por el presidente Álvarez Areces ha aguantado todos los embates previsibles y pierde únicamente un diputado, con lo que podrá volver a gobernar en el Principado, con el concurso de una Izquierda Unida que, pese al descenso en el voto, ha mantenido sus cuatro escaños. Los populares, que ganan uno y mejoran en la circunscripción central, asisten a un proceso de erosión del adversario tan lento como infructuoso. Resta, pues, por saber cuáles serán los términos de la negociación política para la formación del nuevo Ejecutivo y el peso que en el mismo va a tener, numérica o estratégicamente, la fuerza minoritaria.

A nivel local, puede observarse un cierto paralelismo entre la composición del consistorio gijonés y el mapa político regional, siendo igualmente de destacar las victorias socialistas en municipios del peso de Avilés, Mieres o Llanes. En algunos casos, la mejora electoral ha sido muy relevante (Tineo, Valdés, Castropol, Allande, Langreo...). El PSOE podrá gobernar, sin alianza, casi la mitad de los concejos asturianos, en tanto que el PP podrá hacerlo en una decena e Izquierda Unida, en tres. Para la coalición de izquierdas se ha ido la mayoría relativa de Lena o Santa Eulalia de Oscos. En fin, antiguos feudos populares, como Navia o Ribadesella, pasarán a ser gobernados por la izquierda.

Oviedo, una vez más, es la excepción a estos resultados, en general, tan satisfactorios para la fuerza mayoritaria en Asturias. Ni la buena imagen de la candidata, ni la amplitud de medios desplegados en su promoción, ni la crisis de Izquierda Unida han podido restar un solo concejal a la candidatura de Gabino de Lorenzo. Es hora, por tanto, de abordar con rigor este fenómeno y este fracaso continuado. En Oviedo, debiera iniciarse hoy mismo una profunda reflexión acerca de por qué los moldes socialistas que sirven para otras ciudades y comarcas, son sistemáticamente rechazados. Es evidente que no pueden cargarse las culpas sólo al populismo demagógico del alcalde o la estructura social de la capital. La responsabilidad es de todos los que creemos en otro modelo posible y no sabemos traducirlo en propuestas creíbles por los electores y, para colmo, nos desacreditamos ante sus ojos, con desavenencias estériles y medidas en las que el poder no concuerda con la autoridad moral. Esperemos que, sin exclusiones, podamos, ya mismo, ponernos a luchar por el futuro. Porque, en política, la tentación del «aquí no ha pasado nada», sólo conduce a eso: a la nada política.