El malabarismo que puede aportar la casuística a los resultados electorales en Catalunya son cuantiosos, y hasta desvariar. Pero una visión de cierto impresionismo, además de atenta a las cifras, acaso ofrezca una radiografía más ósea. Así, no cabe duda de la nueva amplia victoria del PSC, comenzando por Barcelona; donde si ha sufrido un retroceso no le afecta en sustancia, pues ERC y ICV no pueden subsistir sin el socialismo en el Ayuntamiento. A lo que hay que añadir su asiento en las significativas alcaldías de Lleida, Tarragona, Girona y la vasta área del Barcelonés. La bondad continúa sociata.
Lo que no impide que CiU haya subido en Barcelona y comarcas, mostrando que salva el marasmo en el que se hallaba. Y es que frente a los altibajos que ha protagonizado el tripartito, el seny convergente ha recobrado crédito entre el ciudadano. Sin embargo, la coalición sigue frenada por su incapacidad de encontrar un socio, lo que la deja vestida ante el altar pero sin novio.
Igual que en Catalunya le ocurre al PP, anclado en su exteriorización ideológica, pese a la fuerza que le daría su ubicación española - en lugar de minarle-, como se la insufla a un PSC más catalanizado. Mientras, ERC ha sabido solucionar el mismo problema trenzando tripartitos. Aunque le haya costado ahora votos catalanistas, pero quizás los perdería más si pactara con CiU, sólo a cuya costa logra crecer, pues esperar que el área metropolitana le dé mucha adhesión constituye más una ilusión que una hipótesis. Antes irían a ICV, mecida al amparo del amigo de rigor, el PSC.
Sin embargo, resulta baldío darle más vueltas a ese manubrio partitocrático. Y las elecciones al fin han prolongado, como se esperaba, la situación existente. La cual, reiterémoslo, si en los anteriores comicios movió el catalanismo más joven y radical hacia ERC, ahora ha recobrado para CiU parte de las clases medias moderadas. Y sin duda confirmado el gigantesco feudo de la pluralidad inmigratoria para el socialismo.
Aunque el quid global resida en la alta abstención, que obedece al cansancio y pesimismo de la gente ante el triste jaleo del Estatut, los volapiés de Maragall, la falta de otro Pujol, la vieja división catalanista y Barcelona dislocada por los problemas. Lo que ha agudizado una campaña electoral cuyo curso, en lugar de animar a la ciudadanía, ha ido colmando su hartazgo. Cuando en el resto de España la abstención ha sido tan inferior a la catalana porque, pese al desatado duelo PSOE-PP, los factores en juego y las responsabilidades aparecen más tangibles.
Catalunya ya es en exceso retórica o farisea y luego plurivalente, suscitándose así más extremismos.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados