Reconocido es que los resultados de las municipales tienen tantas lecturas posibles como observadores hay aplicados a la labor de interpretarlos. El conocimiento directo de los candidatos que tiene el votante de municipios menores puede influir tanto o más que las tendencias de la agenda estatal. Y, en tiempos de vacuidad del mensaje y de predominio del estratega de imagen sobre el ideólogo de cámara, cabría hasta preguntarse qué influencia tiene en el resultado el perfil que le saquen a uno en los programas de sátira política: el alcaldable desastrado/ entrañable vende más que el sólido/ petulante.

De todas las miradas posibles sobre las estadísticas del día después, una de ellas es la que evalúa el efecto que han tenido en el votante los escándalos de corrupción aireados en su municipio. Detengámonos, por ejemplo, en Ginestar: CiU ha perdido la partida en este pueblo de la Ribera d´Ebre después de que el actual alcalde convergente apareciera en un vídeo doméstico supuestamente entregado a un poco glamouroso ejercicio de trilerismo urbanístico. Lectura inmediata: los cien electores que han desertado de Convergència pasan así factura a una lista salpicada por una sospecha de corrupción. Hay otros casos que avalarían esta relación causa-efecto de justicia electoral en el conjunto de España. En Vitoria, el popular Alfonso Alonso ha perdido su condición de alcaldable más votado después de que la oposición le montara una comisión de investigación de supuestos chanchullos urbanísticos. Yel ejemplo tal vez más llamativo es el de Seseña (Toledo), donde el PSOE ha pagado con la pérdida de un edil sus tejemanejes con el empresario Paco el Pocero,todo un icono de la nueva tendencia del construye rápido y deja un bonito Benidorm.

Pero un repaso más detallado de la geografía postelectoral revela que la mayoría de los alcaldes imputados por corrupción - o simplemente acusados de ello por sus rivales- han salido airosos del 27-M. Castellón, Andratx, Alhaurín el Grande, Ciempozuelos o Mogán son topónimos asociados a las peores artes de la política. Sin embargo, el electorado de estas circunscripciones ha sido más bien benévolo con los protagonistas de los escándalos. Nada de cambio radical: apenas una leve blefaroplastia para seguir presentándole al mal tiempo buena cara. Sin dejar Catalunya, la lista socialista de Alt Àneu ha salido airosa del envite tras el revuelo causado en torno a los negocios familiares del conseller Llena.

¿Han sido estos votantes conniventes con el corrupto, o es que ven a sus gobernantes como sujetos de una sociedad en la que el afán de enriquecimiento es un valor aceptado, como parte de un colectivo donde quien no tiene un prado que urbanizar atesora un piso que revender por el doble de lo que costó? ¿No habría sido hipócrita castigar con rigor a quien cuatro años atrás aupamos a la alcaldía aun sabiendo bien de qué proyecto de vida cojeaba?

Tal vez sea hora de volver a plantearse si las competencias urbanísticas no estarían mejor guardadas en un despacho situado a muchos kilómetros de distancia del solar objeto de deseo. Que quien tenga que decidir si se recalifica o no la última playa virgen no sea tan influenciable como aquel alcalde que cada día del año debe saludar al vecino que contempla la venta de su descampado como el último tren en el que huir de la miseria. Trasladar las competencias del municipio a la autonomía, de ésta al Gobierno central, de Madrid a Bruselas... No es seguramente una solución perfecta: difícilmente un árbitro tan distante trazará bien la frontera entre el derecho del territorio a desarrollarse y su deber de cumplir los mínimos requisitos de habitabilidad y respeto del entorno. Aunque, a la vista de algunos desmanes, a veces desearía uno que las licencias de obras en el Mediterráneo las concediera o las denegara el alcalde de Nuorgam, que es el municipio finlandés más cercano al Polo Norte.