Fíjense en el buen aspecto que presenta José Luis Rodríguez Zapatero en las fotos que se hizo ayer en su viaje a Alcázar de San Juan, epicentro de la furia de las lluvias de mayo. Demasiado buen aspecto, si me permiten: el traje, la sonrisa impecable y los abrazos restaban dramatismo a una secuencia que Mariano Rajoy supo abordar con mucha más tensión escénica. Recuerden cómo se asomó el líder popular a las portadas de los diarios en plena jornada de reflexión: calzando botas de agua, chapoteando entre los viñedos arruinados, entrando en las casas anegadas. Rajoy me recordó al ex canciller Schröder en las elecciones del 2002, que ganó contra todo pronóstico, y es que las lecciones del chapapote deben ser difíciles de olvidar.

Cuidadín, cuidadín: Zapatero debe de estar notando ya el aliento de Rajoy en la nuca y en las urnas. Y si no lo nota - todo es posible cuando se ocupa el palacio de la Moncloa-, alguien debería advertirle de que lo tiene prácticamente encima.

Las elecciones del domingo demuestran lo que hay: que el PP gana terreno respecto al 2003, y que el PSOE no lo cede fácilmente, porque aún es capaz de arrebatar a los populares algunas comunidades autónomas y un buen puñado de ayuntamientos, pactos mediante. Un escenario preocupante para ambos partidos, pero más para el que gobierna desde hace sólo tres años: un desgaste en votos como el sufrido en estas locales no es un buen presagio si quiere mantenerse en el poder. Y me consta que en Ferraz, de puertas adentro, la lectura es más profunda que los eslóganes de la noche electoral, cuando los esforzados paladines de cada partido hacen la lectura más rocambolesca posible de los datos para demostrar por qué han ganado y por qué los otros han perdido.

En esas horas brujas oí a José Blanco decir que, descontando Madrid, la victoria del PSOE había sido clarísima. ¡Ostras, Pepiño! Así cualquiera, pero no vale borrarnos del mapa, ni abonar la tesis de Madrid como excepción cultural y parábola del centralismo absorto. ¿Y Valencia, qué? ¿La descontamos también? Lo que quiso Blanco fue correr un tupido velo sobre las victorias de Barberá, Gallardón, Aguirre y Camps, que son victorias apabullantes por méritos propios tanto como por demérito de sus oponentes: pero de eso ya hablaremos otro día.

"Zapatero se desinfla", concluyeron algunos analistas: cuidadín, cuidadín. El presidente del Gobierno y su partido pueden no estar pasando por su mejor momento, pero ¿acaso Rajoy no da señales de haber tocado techo? ¿Puede el PP movilizar a más votantes? ¿Qué más adrenalina necesitan para acudir a las urnas? Si lo visto es lo que hay - y el retroceso en Navarra y Vitoria es significativo-, las señales que llegan a Génova deberían ser también de alarma, porque... ¿qué ocurrirá en las generales si el PSOE consigue despertar a su electorado durmiente, agitando el fantasma de una vuelta del PP al poder?

Ay de nosotros: como en la Liga de fútbol, todo es posible, y no sabremos quién es el ganador hasta el último minuto.