Elecciones 27 mayo 2007

El PP es un fortín en Madrid y Levante; el PSOE, debilitado, hilvana periferias

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero comparezca ante el Gran Consejo Jedi para rendir cuentas de su flojera, deberá explicar por qué el PSOE sigue retrocediendo en las grandes áreas urbanas españolas.

Una primera lectura, algo atenta, de los resultados del domingo, indica que el voto de izquierdas es cada vez más filiforme, heterogéneo e inestable. Coagula bajo determinadas condiciones de calor, humedad y dramatismo - el 14 de marzo del 2004, por ejemplo-, pero se enfría con facilidad. La tendencia no es nueva: ya comenzó a observarse en las municipales de 1991, en vísperas de los Juegos Olímpicos y de la Expo de Sevilla.

Gota a gota, el PSOE pierde aceite en las grandes áreas urbanas.

Los datos del domingo lo confirman. Empecemos por el sur. El Partido Popular fue el más votado en las ocho capitales de provincia andaluzas, incluida Córdoba, donde Izquierda Unida cedió el primer puesto a la derecha, a su vez imbatible en el eje Almería-Málaga, principal vector económico-inmobiliario de la región más poblada de España.

La Andalucía con mayor dinamismo - no siempre respetuosa con la legalidad urbanística- opta por el PP. Gatuno y bien enraízado en pueblos y tranquilas ciudades intermedias, el PSOE andaluz sigue siendo el campeón de los pactos, gracias a lo cual mantendrá Sevilla, ganará Jaén y garantizará el califato de Córdoba a Izquierda Unida. Primera conclusión del voto meridional: el PP encabeza una marea sociológica activa; el PSOE, hábil y bien anclado, corta mejor el bacalao.

En el Levante, de Murcia para arriba, la derecha ha consolidado una taifa de cemento Portland. En la comunidad murciana es muy significativa la derrota socialista en Lorca, el término municipal más grande de España. En Alicante - atención-, el alcalde popular Luis Díaz Alperi, dos veces imputado por posibles delitos urbanísticos, ha conseguido revalidar la mayoría absoluta. El PSOE a duras penas conserva Elx y ve cómo se evapora el pelirrojo efecto Carmen Alborch en Valencia. La alcaldesa Rita Barberá, fenómeno político de primera magnitud, se confirma imbatible. Y al presidente regional Francisco Camps le ha funcionado muy bien su particular aleación con el catolicismo jerárquico e influyente. ¡Adiós, Països Catalans! El catalanismo del Tinell, el catalanismo del mapa del tiempo de TV3, el catalanismo de la adoración nocturna a Joan Fuster, deberá replantearse algunos conceptos básicos. La actual dialéctica Catalunya-Valencia exige a gritos una reconducción. Una rectificación.

En Baleares, el PP pierde la mayoría absoluta por poco y está por ver que Jaume Matas, medium de los principales intereses en las islas, se quede sin el apoyo de la muy pragmática Unió Mallorquina. En Aragón, otra taifa, el PSOE gana gracias a la anulación del trasvase del Ebro, pero no consigue un gran avance electoral en la dinámica ciudad de Zaragoza, agraciada con la Expo 2008.

En Catalunya el mal es francés: desorientación, irritación, desencaje de los puntos de referencia, no a todo, y, al final, abstención. Catalunya, donde CiU resiste de manera notable, confirma la existencia de una aluminosis de fondo, pese a la excelente cosecha institucional del PSC. Significativo es el resultado de Badalona, ciudad cruda, verdadera y con un severo problema de liderazgo: el PP ya se halla a sólo dos concejales de los socialistas.

El País Vasco, decíamos, es taifa aparte. Los furores madrileños han pasado factura a los populares vascos y, sobre todo, a los tradicionalistas navarros. El fulgurante ascenso del voto euskoguai - así lo llaman en Pamplona- a la coalición Nafarroa Bai es la noticia del día y el principal consuelo del PSOE. A Zapatero se le plantea ahora un serio problema táctico - desplazar a UPN o mantener las cosas como están hasta después de las elecciones legislativas...-, pero gana una gran baza estratégica, a la que hay que adjuntar otra pieza de primera magnitud: la posibilidad de un pacto PSOE-PNV en la Diputación Foral de Álava, madre de la futura fusión de las cajas de ahorros vascas.

Navarra quita el sueño al PP, y es por ello que Mariano Rajoy ofreció ayer al PSOE canjearla por la lejana Canarias. Navarra es un buen ejemplo de la fibrilación hispánica. Queda demostrado: el gran alarde de banderas españolas hace unos meses en Pamplona no ha aportado nada a los tradicionalistas navarros. Al contrario. El furor rojigualdo sólo ha engordado hasta la obesidad al PP madrileño.

Ante el Gran Consejo Jedi - que no se cree el titular fácil de estos días ( "El PSOE gana poder y el PP en votos"), porque no es del todo cierto-, Zapatero deberá responder a las siguientes preguntas : ¿puede la socialdemocracia estar al frente de un largo ciclo de gobierno siendo crónicamente débil en Madrid? ¿Cuánto tiempo flotará el PSOE con su gran habilidad para hilvanar pactos, sumar electorados heterogéneos y atraer periferias?

También en los maitines de la calle Génova, una pregunta aguarda a Rajoy: ¿las grandísimas taifas de Madrid y Valencia, no se estarán convirtiendo en agujeros negros? Estos fenómenos galácticos atrapan todo lo que pueden: inversiones, pelotazos, furores patrióticos.... Pero tienen un techo. Las taifas colosales no irradian grandes pactos, ni sinceros deseos de tener muchos amiguetes en Catalunya. Catalunya, sí señor, que a partir de ahora será trémulo objeto del deseo. Atentos.