Ganar cansa. Perder cansa aún más aunque sobre esto nadie se ha puesto de acuerdo. Sobre todo porque, después de unas elecciones, si preguntamos a los políticos resulta que todos han ganado y ninguno ha perdido, que es como decir que en una oposición una sola plaza les ha sido concedida a mil aspirantes. Mientras unos y otros desgranan declaraciones victoriosas y gestos de fatiga, los que mejor saben lo cansado que es ganar son los operarios que se han pasado la noche y el día desmontando los miles de carteles, las vallas, las banderolas que son los faralaes de la democracia. Toneladas de papel, de tela, de confetti y algunas veces de esperanza. Kilos de papeletas por las que nadie votó. ¿Quién limpiará las urnas hasta las próximas elecciones? ¿Se reciclan las papeletas ganadoras como se reciclan los programas? ¿Adónde irán a parar tantas sonrisas congeladas sobre las autopistas? Durante un tiempo la ciudad se lleno de rostros que nos miraban desde lo alto prometiéndonos un mundo mejor con más o menos convicción. Ahora ya nadie nos venderá un sueño aunque quizá una bella muchacha nos venda un perfume. Nadie pretenderá arreglarnos la vida desde lo alto de una valla con un estercolero al fondo y un avión que despega a lo lejos. Todas esas caras conocidas y algunas desconocidas que habían invadido la ciudad volverán a sus caladeros de invierno, allí donde sobreviven entre elección y elección. A las televisiones, a las radios, a las tertulias, al Ayuntamiento, a la sede del partido y algunos a sus casas.

Para los ciudadanos que transitan por Madrid sin saber si han ganado o si han perdido, el fin de la campaña electoral no significa tener nuevo alcalde, al fin y al cabo tenemos el mismo, sino el fin de esa orgía de colores que invadía la ciudad. En algunos partidos el champán se habrá calentado tanto que habrá que esperar cuatro años para beberlo y sin embargo, ya ves, para otros no habrá alcanzado y hubo que enviar a los chicos de las Juventudes a comprar más. Pero hoy, el día después, los protagonistas ya no son ellos, los de los mítines, los de las grandes palabras, los de las promesas, los de las sonrisas, sino los otros, los del gesto cansado y el mono de trabajo que recogen en silencio las migajas que ha dejado por todas partes la gran fiesta de la democracia. Aquellos a los que les tocó pasar el domingo en una mesa electoral vuelven al trabajo con su resaca de anécdotas y sus historias de colas interminables en la Plaza de Castilla. Es el día en que los candidatos toman alka seltzer y algunos reclinan el hombro en la cabeza de sus esposas. Se reúnen comites y comisiones y el gesto es, de repente, más cansado y por eso mismo más sincero, no importa si hay algo que celebrar o algo que lamentar. La ciudad se desnuda lentamente de sus mejores galas. Las de la democracia. Las que nos costó años conquistar y tan poco denostar. En unos años nuestros políticos han pasado de ser héroes a ser profesionales. Es decir hemos pasado de ser una democracia incipiente a ser una democracia madura. Ahora mientras se barren las últimas promesas esparcidas por los suelos de Madrid, mientras los abrazos electorales se convierten en encogimientos de hombros y muchas concejalías de Urbanismo cambian de dueño, es el momento de ver si al doblar la esquina de los discursos encontramos ese mundo mejor que tanto tiempo nos llevan prometiendo.

Eugenia Rico es escritora. Con su última novela 'El otoño alemán' ha ganado el Premio Ateneo de Sevilla

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