Las calenturas de la fiebre nublan el juicio. En las noches de escrutinio gobierna la ansiedad, al vaivén atropellado del escrutinio y sus montañas rusas. En los hoteles reservados para el supuesto festejo -las sedes han quedado demodés; todos los partidos quieren más glamour- hay militantes entusiastas, y no es cuestión de agradecerles el jaleo con un sopapo de amargura. Todo comprensible. Pero al día siguiente hay que volver a la realidad, e intentar hacer comulgar al electorado con ruedas de molino queda muy torpe. Contra brindis, arengas y sonrisas, las elecciones no han ido tan bien como presumen a ninguno de los tres grandes. Por barrios:
Éxito municipal del PSOE. Las derrotas son viudas; que no lo sean las victorias: el trabajo de Jesús Gutiérrez al frente de la secretaría de organización de la Federación Socialista ha rentado, y mucho. Las alcaldías de Navia, Ribadesella y Piloña; los resultados rotundos de Langreo, Valdés y Pravia; el aguante en Avilés a despecho de los pronósticos; la posibilidad de gobernar Villaviciosa... Todo eso es oro molido para los socialistas, que refuerzan su poder local. Y en zonas estratégicas, como Oriente. ¿Manchas? La caída de Lena. Agujero negro, Oviedo. En la capital sólo les queda la alternativa razonable de aguantar y subir la apuesta. Aquí no vale disimular. La dirección de la FSA se había conjurado a favor de Paloma Sainz y el resultado quedó lejos del objetivo.
Retroceso local del PP. Cuando los buenos escrutinios locales no son luces aisladas, sino una constante, es que hay buena labor detrás. El mismo juicio vale a la inversa. El PSOE ha dejado constancia de su maquinaria; el PP, no. Ovidio Sánchez no es sólo el candidato del PP, su retrato electoral; es también el presidente del partido, y no puede mirar hacia otro lado ante la evolución del voto local. Que la culpa directa sea de su equipo no le exonera de responsabilidad. Hubo sucesos, como el de Villaviciosa o el de Valdés, que pudieron ser atajados y en los que, sobremanera, se impuso un estilo de componenda, huérfano de firmeza. El crecimiento de Gijón y la fortaleza de Oviedo -inseparable del liderazgo de Gabino de Lorenzo- no compensan el declive.
La victoria amarga. La del PSOE, se entiende. Es probable que con el recuento de la emigración los socialistas recuperen la condición de fuerza más votada. Podrían, en el mejor de los casos, ser el partido con mayor cosecha de sufragios y de diputados. En esta hipótesis, empeñarse en negarles el derecho a disfrutar de la victoria es un absurdo.
Pero tampoco ayuda nada hacerse trampas en el solitario. Con el nutrido batallón de alcaldías a su favor; con el aliento de Zapatero; con los proyectos puestos en marcha... la diferencia sobre los populares es demasiado raquítica como para no asumir que algo no pita. Lo ocurrido en Gijón merece lupa. La Ciudad de la Cultura de la Laboral, la anunciada inversión de la regasificadora, la ampliación de El Musel... y Areces suma menos votos que Paz Fernández Felgueroso. ¿Por qué? No hay un motivo concreto, tangible. La gestión de Areces fue mejor que la de su primer mandato. La legislatura, más estable. Los indicadores económicos, más positivos. Pero sobre los resultados no caben reclamaciones de justicia. Mandan las impresiones, y el plus de liderazgo e ilusión que aportaba el candidato de 1999 se ha difuminado.
¿Fin de ciclo? La política es una estación muy cambiante, como la primavera. De mañana, azules diáfanos, y luego, horas después, todo bajo una panza gris, hasta que la tormenta descarga. Hacer pronósticos a medio plazo en esto es un oficio de alto riesgo. Con todas esas cautelas, parece lógico plantearse que el próximo sea el último mandato de Areces. Entrar en hipótesis más o menos novelescas sobre relevos a mitad de legislatura, saltos al Gobierno central y demás hazañas es demasiado especular.
Ovidio Sánchez, dulce derrota. Es lo mismo. Ahora tiene la satisfacción interina -porque puede ser cancelada por el voto emigrante- de haber sido el candidato con más sufragios. Pero este resultado queda muy lejano de los horizontes de éxito que anhelaba el Partido Popular y, entre ellos, impulsado por el viento favorable de las encuestas, el propio Ovidio Sánchez. El presidente del PP ya es muy mayorcito y un dirigente maduro como para no comprender la situación. Es muy difícil que el PP le conceda una cuarta oportunidad y sería también bastante extraño que él se amarrase a ese objetivo. Después de haber cogido el toro por los cuernos en 1999, cuando el PP estaba destrozado por su batallar interno, el partido no ha dejado de avanzar. Cualquiera a quien no le pierda la inquina le reconocerá sus merecimientos.
Mala campaña. La campaña del PP estuvo mal concebida territorialmente. ¿Cómo, si se sabía desde un principio de su trascendencia, no se trabajó al máximo la circunscripción oriental? Para cruzar esa meta no es suficiente con organizar actos de relumbre en Villaviciosa, aunque eso siempre venga bien. Hay que conceder una relevante especifidad al Oriente, y eso no se ha hecho. Que Pelayo Roces y Alfonso Román López encabezasen las listas de Oriente y Occidente no da ni quita votos, pero sí es una señal de poco mimo con las circunscripciones. Es llamativo que en las dos alas el índice de participación haya sido muy superior al centro y que en ambas la ventaja del PSOE fuese notable. Por la parte que les toca, los socialistas Fernando Lastra y Ana Rosa Migoya pueden estar satisfechos. Pero la campaña socialista también fue mala: el menudeo de promesas a granel no dio resultado. Al mensaje le faltó cuerpo.
«Ni hoz ni manzana». La frase es del profesor José Girón y se refiere a IU. El resultado de la coalición liderada por Jesús Iglesias es malo. Con alegrías como la victoria de Lena y la previsible recuperación de Castrillón, pero malo. La caída de votos es muy alta, y la pérdida de representación en Gijón y Avilés es para para detenerse a reflexionar. ¿De verdad considera IU que ha exprimido jugo a su presencia en el Gobierno, aunque mantenga los cuatro diputados? ¿Es para meterse de frente en otro acuerdo, sin pararse a pensar si existen alternativas? ¿La elección de los candidatos locales fue la adecuada, o no hubo la ambición suficiente como para presentarse como alternativa de poder en Gijón y Avilés? El caso de Oviedo es distinto: es la consecuencia de una crisis disparatada. Los ciudadanos castigaron lo que tenía, aunque fuese en apariencia, las trazas de una venganza, y premiaron a quienes se habían distinguido por su esfuerzo municipal. E IU ha de tomar en cuenta que es una fuerza necesitada. Mucho de su poder local depende del auxilio socialista. Si se apoyan, será porque el socorro mutuo les beneficie a los dos, y no sólo al PSOE.
El asturianismo, sin hueco. La coalición del PAS y URAS alimentó la esperanza de que el asturianismo recuperase un escaño en la Junta General. El fracaso electoral ha arruinado el sueño. Y probablemente, por años. Se ha consolidado el bipartidismo imperfecto, con dos grandes fuerzas igualadas e IU para terciar.

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