El caso Litvinenko expone el poder de los ex miembros del KGB, que dominan la elite

En la Rusia de hoy, la gente del ex KGB está en todas partes. Algunos observadores dicen que uno de cada cuatro miembros de la elite es ex chekistas,o ex militar, o ex policía. Los cruzados de la guerra fría tienden a hacer de esto un misterio teológico. Utilizan para ello la demonización del KGB, una organización verdaderamente siniestra, pero cuya historia a partir de la segunda mitad del siglo XX -después de 1956- es menos negra que la de la CIA, que también ha dado algún presidente a Estados Unidos sin que escandalizara a nadie. Sin embargo, nada hay más natural y comprensible que esta Rusia de hoy.

Ese país y su sociedad son el resultado lógico de los noventa. Rusia atravesó entonces una crisis muy profunda. Las fronteras, los ingresos, los ahorros, los símbolos y referentes nacionales, la esperanza de vida y la seguridades en el mañana se derrumbaron. El PIB y los ingresos del estado cayeron un 50% en una década, la criminalidad y la mortalidad crecieron un 50%. En cualquier país occidental ese colapso habría sido letal. Los rusos demostraron su capacidad de aguante. Apenas se implicaron en los tres golpes de Estado (agosto de 1991, diciembre de 1991 y octubre de 1993) y en las diversas guerras en la periferia (Karabaj, Abjasia, Osetia, Pridniestrovia, Tayikistán, Chechenia...) que presenciaron esa década, pero eso no quiere decir que todo aquello no tuviera consecuencias.

Diez años de obediencia a potencias extranjeras humillaron a una gran nación. El resultado es esta Rusia de hoy, malhumorada hacia Occidente y gobernada por el equivalente a nuestra vieja Guardia Civil. Pero de esta Rusia de Weimar no va a salir ni un Hitler ni un nacionalsocialismo. Lo que en muchos países se hubiera solucionado con una dictadura, en Rusia desembocó en una democracia dirigida. El término lo acuñó el analista Vitali Tetriakov al final de los noventa adelantando el sistema que se veía venir. Si hubiera estado allá, José Bergamin la habría llamado "democracia guardiacivilizada".

Todo esto es tan obvio que apenas precisa explicación; en cambio, lo que puede resultar asombroso es la popularidad que este sistema, representado por el presidente Vladimir Putin, tiene en la Rusia de hoy. Mientras que la popularidad de Bush o Blair no llega al 40%, en cambio la de Putin supera el 70% y esto merece explicación.

La primera razón es que antes de Putin estaba Yeltsin, que dejó el poder siendo aborrecido, con apoyos de un6% dignos de Mobutu. Y antes de Yeltsin estaba Gorbachov, que siendo, a diferencia del anterior, un gran hombre y un gran político, fracasó, no fue comprendido y terminó injustamente despreciado. Con Putin, gracias a los precios del petróleo y a un mínimo de orden, los ingresos de los rusos se han doblado, el PIB ha aumentado a razón de un 7% anual desde 1999 y las cuentas del Estado se han estabilizado.

Así que el actual presidente y su democracia guardiacivilizada se benefician, por un lado, de muchos años de políticos impopulares y, por el otro, de una recuperación. Por primera vez desde 1987 las cosas no van a peor en Rusia, en lo material y social. La situación que Putin gobierna ha permitido a los rusos, un colectivo estresado durante muchos años, descansar, sentarse y recobrar el aliento. Que el presidente masacre a algunos chechenos, que restrinja la libertad de prensa, que pudiera, incluso, haber creado un presunto GAL a la rusa para eliminar adversarios en el golfo Pérsico (Yandarbiev), Moscú (Politkovskaya) o Londres (Litvinenko), o que mantenga impune la vergüenza nacional de aquella privatización, en la que funcionarios y sinvergüenzas saquearon el patrimonio para convertirse en millonarios con casa en Londres, todo eso son pecados menores que los rusos, de momento, perdonan. Muchos no tienen mas remedio, pues su propia inmadurez, apoyando con fervor a Yeltsin hace 15 años, contribuyó al desastre, y perdonando a Putin se perdonan, de paso, a sí mismos.

La historia continúa. Lo de los noventa tuvo su respuesta, lo de ahora también la tendrá el día que los rusos crezcan democráticamente como sociedad. Lo importante es comprender por qué una sociedad se pone el tricornio.