LA POLÉMICA INTERNACIONAL
La firma de un acuerdo para construir un gasoducto entre Rusia, Turkmenistán y Kazajstán el pasado 12 de mayo otorga a Moscú un pedazo aún mayor de una golosa tarta, la de la producción mundial de gas natural, que comparte con Irán y Qatar. Occidente mira aTeherán, mientras una amenaza mayor que la Guerra Fría atenaza al mundo...
EL GAS NATURAL TIENE NOMBRE RUSO
«Malas noticias para Europa» fue la frase con la que el secretario de Energía de Estados Unidos, Samuel Bodman, describió el acuerdo firmado el 12 de mayo por Rusia, Turkmenistán y Kazajstán sobre su gasoducto. Un acuerdo que otorga a Rusia el control de la mayor parte de las exportaciones de energía de Asia Central a Europa.
La mayoría de la producción mundial de gas natural está controlada por sólo tres países: Rusia, Irán y Qatar. Los rusos, como consumados jugadores de ajedrez, son maestros en los movimientos indirectos. Ante la división entre Washington y sus aliados sobre cómo manejar la cuestión de un Irán desafiante, el analista M. K. Bhadrakumar ha escrito en el diario Asia Times que «las pocas esperanzas que le quedaban a Europa de diversificar sus fuentes de energía más allá de los suministros rusos van a depender, en un grado importantísimo, de su acceso a las reservas de gas de Irán». Jaque a la reina.
La reciente crisis de Estonia no ha hecho más que poner de relieve la vulnerabilidad de Occidente. Es posible que la entrada de Estonia, Letonia y Lituania en la OTAN haya sido un golpe de consecuencias fatales para la Alianza.
Tal como ha escrito el paleoconservador norteamericano Patrick Buchanan en la revista Human Events, «para una gran potencia siempre constituye un error ceder a una potencia menor la capacidad de involucrarla en una gran guerra. Es así como nos hemos encontrado con la idiotez de haber colocado a la OTAN en el mismo balcón de Rusia y de haber dado garantías en caso de conflicto a tres pequeñas naciones bálticas con una hostilidad histórica hacia una potencia nuclear que tiene capacidad de infringirnos un daño 1.000 veces superior al de Irán».
También la Revolución Naranja de Ucrania se complica y como subrayó el analista neorealista Anatole Lieven en el International Herald Tribune, «dado que no es nada seguro que tuviéramos ni los medios o siquiera el valor de defender a los estados bálticos interiormente divididos entre nativos y ciudadanos de origen ruso contra una amenaza realmente grave, sería una locura fingir que defenderíamos a Ucrania. Que Occidente siga hablando públicamente de más ampliaciones de la UE o de la OTAN no sólo es imprudente, es profundamente inmoral». Dicho en plata, el ridículo está servido.
Junto con la catástrofe de Irak, el error estratégico más descomunal de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial ha sido la explotación sin disimulo de las debilidades de la Federación Rusa en los años 90. Clifford Kupchan, del gabinete de estudios Eurasia Group, ha escrito en The Boston Globe que «los rusos están convencidos de que no han ganado nada a cambio tras muchos años de política favorable a Estados Unidos y de que encima se les ha recompensado con una política de neocontención».
No deja de resultar irónico que al mismo tiempo que Estados Unidos y sus aliados estaban haciendo todo lo posible por generar en Rusia un espíritu de revancha, Europa se fuera volviendo cada vez más dependiente de la energía rusa. Ésa es la contradicción básica en virtud de la cual la presunción de la Unión Europea de extender sus valores compartidos tiene un cierto aire de amaneramiento narcisista.
El centro de la cuestión es que el hundimiento de la URSS fue una catástrofe inimaginable en los planos económico y social para el ruso medio. Se les hundió el mundo. Tienen la plausible creencia de que fueron robados y apaleados cuando cayeron al suelo.
En esencia, eso es lo que estamos pagando en la actualidad. Si a los rusos se les hubiera ofrecido, en su hora cero, nada más que un poco de la inteligente generosidad que se tuvo con la Alemania nazi derrotada en la Segunda Guerra Mundial, podríamos estar asistiendo en este momento a un auténtico nuevo orden mundial y no a una situación potencialmente más peligrosa que la mismísima Guerra Fría.
© Mundinteractivos, S.A.

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