A la edad de once años mis padres me mandaron a un campamento de Acción Católica. Se había instalado en Caleao (que vuelve a estar de moda por razones bien distintas hoy). Un conjunto de niños entre los nueve y los trece años compartieron allí durante quince días excursiones, juegos, tertulias y fuegos de campamento, muy en la línea de lo que era el higienismo físico y espiritual para jóvenes en la segunda posguerra del franquismo.

Los muchachos seguíamos las pautas disciplinarias, no muy estrictas y desde luego nada paramilitares (como ocurría en los campamentos organizados por el Frente de Juventudes en Pola de Gordón y otros lugares parecidos), con la alegría indisimulada de los que ponen tierra por medio, fuera de la tutela de los padres.

AQUELLAS pautas de conducta: órdenes del día, servicios de limpieza comunitaria, voluntariado para pequeños trabajos, etc, tenían siempre el complemento de los partidos de fútbol, del senderismo y otros recreos, que compensaban con creces la parte más enojosa de la disciplina. Y las pautas de conducta las marcaban otros jóvenes adolescentes, estudiantes de los últimos cursos del bachillerato, que procedían de los maristas, de los dominicos o de los colegios laicos que había en la ciudad, como el Hispania, el San Isidoro o el San Agustín (ya se ve hasta donde podía llegar el laicismo en sus nombres).

O sea, que los monitores -palabra que entonces no existía- tenían pocos años más que nosotros. Recuerdo algunos de sus nombres: José Luis Zárraga, Nacho Quintana, Pepín Fidalgo, Nacho Ruiz de la Peña, Paco Zárraga y Gabino de Lorenzo. Del jefe de todo aquel guirigay estival sólo recuerdo el nombre, Enrique, que tenía una minusvalía en una mano, y dejaba patente su autoridad con un gesto adusto que no resultaba disuasorio para nadie.

La imagen más viva que conservo de aquel campamento fue la actuación de una pareja de payasos que representaban dos de los monitores del grupo: los ya citados Paco Zárraga y Gabino de Lorenzo. Su nombre artístico era algo así como los Hermanos Monetti o Moniti, no lo recuerdo bien. Pero sí tengo en la memoria lo bien que lo pasamos todos los chavales con sus gracias, sus chistes y juegos de palabras, en un fuego de campamento memorable. Gabino hacía de narciso (o payaso listo, embadurnado de harina blanca el rostro, con la ceja derecha remarcada por una fina línea negra, que le daba un aire de inteligencia inalcanzable para su pareja), que era Paco Zárraga, calzando zapatones de puntera gruesa, chaqueta de cuadros chillones, camisa con remiendos escoltada por dos tirantes que se caían continuamente para mostrar, en toda su ridícula hechura, unos calzoncillos marianos que le conferían un aspecto simplón y patético.

NECESITO contar todo esto para que el lector intuya qué tipo de sensación experimenté, viendo al alcalde de Oviedo haciendo de Gabino de Lorenzo, pero esta vez no transformado en payaso listo sino en payaso tonto, entreverado de monologuista de feria, en un mitin mucho más parecido a uno de aquellos fuegos de campamento de Caleao que a un acto serio electoral, en el que se supone que el candidato trata de convencer con sus ideas a los ciudadanos, esperando ver recompensado su esfuerzo físico y mental con los votos de los que asisten interesados a la declaración de sus intenciones políticas y programáticas.

De la misma forma que hace cincuenta años me partí de risa escuchando las ironías y sentencias de aquel payaso listo, investido de una gravedad que hacía más risible la torpeza del payaso tonto, hoy -cincuenta años después- me ha producido una absurda tristeza ver a aquel joven convertido en el hazmerreír ("persona que por su figura ridícula y porte extravagante sirve de diversión a los demás", según el diccionario de la Academia) de un público (menos mal que eran solamente mil personas, según la prensa), que ha disfrutado de esa pulsión secreta que consiste en descojonarse de risa de la política, de las acciones correctoras que ésta asume en un sistema democrático y de la dignidad que, unos con mejor suerte que otros, debe revestir cualquier manifestación pública encaminada al servicio del progreso. Dan ganas de llorar.

Y NO ES QUE yo carezca de sentido del humor. No es que no disfrute riéndome, porque los que me conocen bien saben que no hay nada en esta vida que me produzca más felicidad que la risa. Tener sentido del humor no es reirse de un individuo que resbala con una piel de plátano sino reírse de uno mismo después de haber resbalado, ya en el suelo. Una prueba de sentido del humor habría sido que Gabino, el día del mitin de Rajoy, con él delante, hubiera aparecido inesperadamente en una esquina, vestido de nazareno tañendo la campana del vía crucis, y abrazando al líder de su partido, invitándole a cantar una saeta. Porque el humor es hijo predilecto de las dificultades, y lo demás no tiene ningún mérito.

Pero, en fin, a pesar de todo, y en recuerdo de aquella ilusionada noche de campamento, aseguro que a mí el payaso tonto de hoy no me impide retener la visión del payaso listo de ayer. Será que soy un sentimental.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.