Prosigamos con el dudoso tira y afloja catalanista. Asentada la democracia, la Generalitat trenzó tres ofensivas idiomáticas catalanizadoras: una, la inmersión escolar lingüística, que debía asegurar el conocimiento de catalán y castellano, con cierta inducción a favor de aquél. La segunda ofensiva convertía el catalán en idioma exclusivo oficial público, y lo introducía paulatino en la Administración. Yla tercera se ceñía a la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió, emitiendo sólo en catalán.
Pero no se tuvo presente que el castellano era y sería por ende el idioma fuerte en Catalunya, por ser el familiar, cultural, laboral y mediático de un mayor número de ciudadanos, al que se iba sumando la vasta inmigración. Yse creyó que la España nacional se debilitaría con las autonomías, sin ni atisbar que la democracia multiplicaría sus energías, con lógicamente un Madrid repastado en poder, dinero y medios de comunicación.
Se estableció aquí, pues, una pugna normal entre las dos lenguas. Que en la Administración ganó el Estado por su gran peso. Y que en la vida colectiva perdió el catalán, ensimismado en el catalanismo e incapaz de dotarse de un fuerte contenido cultural y de ideas generales, como llevaba aparejado el castellano.
De lo que fueron espejo la televisión en catalán, encerrada en la coñita para buscar audiencia, y su industria editorial empeñada en sólo obtener cuota de mercado, lo que obviamente también la situaría por detrás de la en castellano. A la par, el idioma se convertía en la más visible bandera del nacionalismo, limitado electoralmente, y que arrastraba a su rincón incluso a la literatura. Hasta llegar a la situación actual, de aluvión estatal y sociológico, sin duda proclive al castellano. Aunque por calculada prudencia ello no ha enconado a la inmensa mayoría de la población, que usa ambos idiomas o uno según sus pesos específicos en cada sector y situación, lo que es una suerte. Aunque como antaño el catalanohablante deba ser bilingüe y el castellanohablante pueda mantenerse monolingüe cada vez más. Lo que reflejan las elecciones, el Govern, la audiencia audiovisual, el mercado librero y Sant Jordi, el consumo de prensa, el etiquetaje comercial, el ancho mundo profesional y el elitista de la justicia, etcétera.
Es evidente, al fin, que el Estado como tal se ha limitado a aceptar una catalanización subsidiaria, y que la población se ha decantado por una superior castellanización. Y todo orquestado o embrollado por el nacionalismo catalán, que ni medra ni llega a formular con claridad su posición en España, pero que al simbolizarse en la cultura e idioma los reduce a un agónico seguidismo.

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