VICIOS DE LA CORTE

Hemos vivido una divertida campaña -aquello que los mosqueteros llamaban esgrima de corte-. Termina con buenos augurios: ha llovido como nunca y ha nacido un nuevo partido que puede, por fin, romper la tangana del bipartidismo. Como anunció el poeta de Granada a fuerza de caer tanta lluvia sobre las piedras, éstas se han ablandado y la primavera está repleta de jaramagos.

Pasado mañana, con el esplendor del sol, se inician las generales, una vez que el carretón se lleve de las urnas electorales a las funerarias los cadáveres políticos. Por vez primera en nuestra democracia, el pastiche retórico, la trivialidad y la riña de los políticos ágrafos, el abanico de culpas y el lenguaje de taberna se han apoderado del debate, lo que puede desembocar en la creciente abstención de la juventud, a la que Zapatero intenta convencer en los últimos mítines.

«Contra insultos, sonrisas», dijo Gallardón. «Contra las insidias, propuestas», dijo Zapatero. Al presidente del Gobierno le han dicho entre abucheos que es cómplice de los terroristas. A Angeles Muñoz, la única con las manos limpias en la corrupción de Marbella -que según las encuestas tiene ganadas las elecciones por mayoría absoluta-, la han acusado de ser de la Cosa Nostra. Los dirigentes de los partidos y los chilladores de aparato se han llamado unos a otros adúlteros, traidores, astillados, guerracivilistas, y hasta mamados. Se han comprado votos como cuando Romanones («tantos jornales pago, tantos votos tengo»).

El listón de los insultos ha llegado a la cúspide con Aznar, que ha vuelto faltón y sobrado. Le trataron, cuando asomó la melena, como a Jack 'el Destripador'. Y no se presentaba a ninguna Alcaldía o Comunidad. Las cacerías forman parte de la política, donde la ventaja de uno iguala a la desventaja de otro. En España siempre se vota contra alguien. Pero los insultos en los periódicos y en los debates son siempre provisionales. No me extrañaría nada que a Aznar le pasase lo mismo que a Napoleón si algún día vuelve a la política desde esa Elba donde lo han encerrado sus propios compañeros de partido y sus adversarios mediáticos.

Cuando el corso escapó de la isla donde le habían confinado los ingleses y regresó a París, un periódico, El Constitucional, tituló: El sanguinario ogro ha abandonado su guarida. Cuando tocó tierra francesa, el diario tituló: El bándido de Córcega está en Francia. Cuando llegó a Grenoble, se leía: Bonaparte se encamina a París. Tres días más tarde: Napoleón sigue su avance triunfal. A día siguiente: Mañana hará su entrada en París el emperador.

El lunes se inician las elecciones generales y los dos líderes se juegan el tipo. Sólo el empate les salva. Si el voto popular se desquiciara hacia uno de los dos lados, empezaría la búsqueda de un corso, un turco o un mirlo blanco, o de un simple zorzal.

No olvidemos que unas municipales le dieron puerta a un rey.

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