EL RUNRÚN
Durante mucho tiempo, las relaciones entre médico y paciente fueron hermosas y verticales. El paciente era un ser indefenso que acudía a la consulta en un momento vulnerable. Se le presumía un comportamiento pasivo y dócil, tanto, que hasta se le llamaba paciente,término que ya sólo pervive en la lengua coloquial, pues desde hace tiempo cualquier texto con un mínimo de corrección política llama a los pacientes usuarios.El médico era un semidiós que tenía en sus manos saberes ocultos a los que el paciente no podía acceder, a no ser que tuviera entre sus amigos a uno de los escasos doctores que formaban parte de un colectivo aún privilegiado y elitista. No era ésta una mala relación, al contrario: el médico poseía la autoconfianza necesaria para ejercer con aplomo su profesión, y el paciente depositaba en éste una ciega esperanza que le permitía dormir tranquilo. Sin duda esta libertad de los médicos en el ejercicio de su profesión resultó asesina en muchas ocasiones, pero por lo general no llegaba la sangre al río.
Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Ahora el médico debe restarle a la dedicación al paciente el tiempo consagrado a realizar gestiones como el consentimiento informado (papel que el enfermo debe firmar tras leer la exhaustiva lista de todos los incidentes que pueden derivarse de un tratamiento o intervención). La interminable burocracia ha sido la consecuencia surgida del intento, por parte de los médicos, de protegerse de un número creciente de denuncias. Pero hay más: la agencia Efe informó la semana pasada de que un 70 por ciento de los médicos actúa condicionado por el miedo a una demanda por parte del enfermo (y está claro que no es bueno para nuestra salud que nuestro médico esté asustado, por no hablar de que a nuestro cirujano le tiemble el pulso). La fuente anteriormente citada informaba de que como consecuencia del incremento de demandas se han multiplicado las pruebas innecesarias (se calcula que alrededor del 50 por ciento de radiografías son puro protocolo). En Francia, el mismo fenómeno está propiciando el acortamiento de los días de hospitalización con el fin de evitar el riesgo de infección hospitalaria y la consiguiente demanda. De modo general, en toda Europa, no digamos ya en Estados Unidos, cada vez se destinan más recursos (que deberían invertirse en investigación y en la mejora de las condiciones del paciente) a protegerse contra las denuncias. Una lamentable pérdida de tiempo, de energía y de dinero.
Y es que no es infrecuente que el usuario se extralimite en el uso de sus derechos. En el caso de la medicina, este abuso es particularmente fácil, porque nunca ha sido ciencia exacta y eso la hace una presa vulnerable a las reclamaciones por supuesta negligencia. En nuestro país, las demandas aumentaron un 30 por ciento el pasado año. Quiero creer que todas ellas eran justas y desinteresadas. Quiero creer que, paso a paso, no va a ocurrirnos como en Estados Unidos, donde en muchos hospitales el paciente es asaltado por un abogado nada más salir de la consulta. Yno me mueve un especial afán de defender al colectivo médico, se lo aseguro. Me mueve ante todo el horror de pensar que quienes vamos a pagar más cara una situación de permanente desconfianza mutua somos nosotros, los usuarios.

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