Tenemos el inmenso privilegio de vivir en una democracia. Para los que han vivido siempre en ella, tal cosa puede parecer anodina, pero a los que hemos vivido bajo una dictadura durante cuarenta largos años nos parece haber vuelto a la vida, así de sencillo. Y siempre estaremos agradecidos a todas las personas que, desde distintos ámbitos, hicieron posible recuperar la dignidad del voto. Leo los periódicos todos los días y aunque se expresan quejas de todo tipo porque las instituciones tienen fallos de vez en cuando, la alegría es poder leerlo tal como la gente lo piensa; se estará de acuerdo o no con la queja en sí, pero la libertad de expresión es uno de los mayores goces que se pueden experimentar en la vida civil. No fue así durante toda mi infancia y adolescencia y también durante parte de mi vida adulta, una no podía decir lo que pensaba aunque fuese acerca de la peor injusticia cometida por el poder - y se cometieron muchas injusticias y crímenes- en un país que se había convertido en algo siniestro.

Salir a la luz de la democracia era como salir a la vida otra vez, una vida que cada cual llevaba escondida para que no le fuese arrebatada. Se formaron grupos de ideologías distintas en distintos partidos, pero el respeto recuperado gobernó en las instituciones.

En tiempo de elecciones, cuando por la calle o las tiendas oigo a algunas personas decir algo como "yo no votaré porque no estoy de acuerdo con ningún partido", si quien lo dice es una persona de más de cincuenta años, inmediatamente pienso que el olvido es algo que trabaja con mucha rapidez y que esa afirmación tiene muy poco que ver con la conciencia de las libertades recuperadas. No me gusta polemizar en público, pero en casos así no puedo menos que responder: "Pues yo sí que votaré, ha costado mucho poder hacerlo de nuevo".

Sé que los líderes de los partidos no son unos seres fantásticos, no son más que personas con sus virtudes y sus defectos, igual que una misma, pero es ahí donde reside precisamente el valor de la cuestión. Que unas personas comunes y corrientes puedan hacerse cargo de la confianza de los demás y quedar investidas de la responsabilidad de su representación. Si lo hacen bien, se les mantendrá la confianza depositada; si lo hacen mal, se les retirará. No hay otra, la cosa es así de sencilla. Pero para que eso ocurra de una manera significativa, es necesario e indispensable que todas las personas que puedan, voten. No es un tema baladí, es un tema tan importante que pone en juego el bienestar de las gentes.

No hay razón para abstenerse de ir a votar. Si uno quiere que las cosas funcionen - y las cosas son el país- en una democracia, es necesario el voto de cada uno y cada una. Y es importante recalcar que el poder votar es un auténtico privilegio; desgraciadamente, no todos los países del mundo pueden hacerlo.

La democracia tiene muchos defectos, cierto, pero cualquier otro sistema de gobierno es peor. De manera que el voto, como sea y a quien sea, es preferible a pasar de ello. Recuerdo con sentida emoción la primera vez que pude poner una papeleta en la urna; como yo, había mucha gente con lágrimas en los ojos. Ahí estábamos otra vez, después de la terrible travesía de la dictadura, diciendo en un papel a quiénes queríamos por gobernantes. Por mi edad, yo no había podido votar nunca todavía, pero sí que había hombres y mujeres viejos que sostenían la papeleta recuperada en las manos como si se tratase de una joya de inmenso valor. Yes que la democracia es una joya de inmenso valor, darse cuenta de ello y cuidarla con esmero es una cuestión de dignidad humana.

R. MARGARIT, psicóloga y escritora.