LOS TRILEROS FILOLOGOS

En el momento de publicarse estas líneas es probable que Miguel Sebastián, candidato a la alcaldía de Madrid, ya haya aportado a la fiscalía pruebas de la implicación del otro candidato, Ruiz Gallardón -vía revolcón de alcoba-, en tramas delictivas que presumiblemente extienden sus tentáculos desde Marbella hasta la capital del Reino. En caso contrario, su denuncia exhibiendo con cara de inquisidor un tanto rijoso la foto de una atractiva joven abogada quedaría en lo que de momento puede parecer que sólo es: un comportamiento contemplado y comentado con cierta inquietud también por la mayoría de la prensa barcelonesa, aunque con alguna excepción -como si esta vuelta de tuerca en el combate cainita y goyesco entre las dos Españas, en un ámbito sexual hasta ahora tabú, no fuera con nosotros, los catalanes. ¿Es puro azar que el sábado 19 de mayo, cuando aquí toda la prensa aún dedicaba destacados espacios a comentar el suceso, el Avui lo despachara, como si no nos atañera, sólo con una columna de Desclot en clave de chispeante cachondeo y con un lenguaje propio de humor televisivo?

Este relativo silencio me parece significativo por la actitud de displicencia que entraña, como dando a entender que nuestras formas y comportamientos son democráticamente modélicos y están a años luz de esos de Madrid -aunque todos sepamos que no todos los partidos legalmente constituidos pueden reunirse sin ser agredidos, y no precisamente con fotografías, en algunas poblaciones catalanas. Y sintomático de un sentido escasamente realista de la política, en la suposición de que la basura exterior ni nos atañe ni puede llegar a salpicarnos.

Yo sospecho que tanto si la denuncia de Sebastián tiene fundamento, como si no, merece ser tomada más en serio. Si lo tiene, porque el hecho pondría de relieve cómo las mafias se infiltran en todas las instancias políticas y corrompen -como en Italia, como en Rusia- el tejido social del país. Y si resulta que no lo tiene, porque ha insertado en el debate político temas y modos más propios de los programas más degradados de la televisión pública y privada del entretenimiento. En ambos casos, me desmoraliza la actualidad de lo que el excelente novelista neerlandés, Cees Nooteboom, que tanto nos conoce, escribió en 1998 en El día de todas las almas: «Lo que en cualquier otro lugar era un sistema bipartidista, aquí era una lucha con veneno, mentiras, perjurios, difamaciones, escándalos. Los periódicos se tenían cogidos del cuello los unos a los otros, los jueces eran parte, el dinero fluía por cloacas subterráneas y, al mismo tiempo, todo era un teatro ( ) el gran guiñol ( ), mientras que todo el mundo ya estaba harto. Los problemas reales se encontraban en otro lugar, en un pequeño grupo de enconados asesinos que dominaban la vida cotidiana con sus atentados ( ), sus secuaces poseídos por el odio ( ) que no cejaría hasta que el miedo, como un hongo, hubiera cubierto por completo todo el país, y ni siquiera entonces».

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