Demasiado tiempo con las mismas nubes, de Miguel Rodríguez Muñoz en El Comercio
Laura González, consejera de Vivienda y Bienestar Social, ha anunciado su propósito de retirarse de la actividad política cuando finalice la presente legislatura, y esta señora cumple su palabra. Asturies pierde a una política veterana que fue presidenta del Parlamento autonómico y eurodiputada y tiene en su haber como consejera el salario social, un notable impulso a la construcción de viviendas de bajo coste y la preparación de las condiciones para la aplicación de la Ley de Dependencia, e Izquierda Unida se queda sin una figura muy carismática, pero no hay quien le discuta a Laura González el derecho a irse. Laura es de izquierdas y derrocha sentido común, lo que no siempre coincide en los mismos sujetos. Encarna una de las figuras más atractivas y respetables de la clase política asturiana, en general bastante aficionada a quedarse.
Porque si algún rasgo caracteriza a nuestra clase política local es que se renueva poco y la mayoría de sus miembros proceden aún de las generaciones que participaron en la transición a la democracia, como si esa condición hubiera llegado con el tiempo a erigirse en mérito semejante al que en su día supuso haber ganado la guerra, pero con la diferencia de que en la Transición la victoria estuvo más repartida y el número de beneficiarios fue mayor. Parecida acumulación de trienios se da también entre los cuadros de las organizaciones sociales y empresariales.
En Asturies casi todo el mundo con un poco de mando en plaza viene de la Transición: el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, diputados de un color y otro, alcaldes de ciudades y pueblos, dirigentes del primer partido y del segundo, cabecillas de asociaciones patronales y mercantiles, secretarios sindicales e influyentes dirigentes de rama. Unos y otros se perpetúan en un sector de actividad apenas afectado por las prejubilaciones, pese al elevado número de profesionales. En Francia serían tildados de elefantes de la política, pero aquí no proceden las comparaciones con paquidermos pues no es cosa de ofender a nadie. Así como para ser presidente de la república francesa constituye requisito indispensable estar en posesión de unas buenas napias, motivo por el que la derrota de Ségolène Royal estaba cantada, para formar parte de las élites gobernantes en Asturies tal parece que fuera necesario haber participado por activa o por pasiva en la Transición, aunque lo más normal es que haya sido por pasiva. Si en el caso francés la 'grandeur' toma cuerpo en la nariz del jefe del Estado, en el caso asturiano la gloria de sus dignatarios reside en el albur de la fecha de su nacimiento. No se trata de cuestionar por razón de la edad el derecho de ningún ciudadano o ciudadana a asumir responsabilidades políticas o sociales, ni de frustrar vocaciones altruistas, ni de restar méritos de forma indiscriminada en perjuicio de personajes singulares que actúan a lo mejor con muy buena voluntad o han hecho demostración de un estimable manejo de los asuntos públicos, sino de destacar lo que de anómalo tiene esa colectiva permanencia en el cargo, ese generalizado echar raíces en la poltrona, esa obturación de los mecanismos de relevo que pone en evidencia el carácter acomodaticio de las generaciones que participaron en la Transición y quizás el pasotismo de las que llegaron a renglón seguido.
Habrá seguramente una mezcla de razones sociológicas, políticas y chuscas que expliquen el fenómeno, pero más que las causas importan sus efectos, y el efecto principal consiste en un cierto anquilosamiento de la vida pública, signo quizás de algún tipo de reumatismo, copada por una especie de 'nomenklatura' que se cuece siempre en la misma salsa y cuya manera de ver la realidad, deudora probablemente de un momento luminoso del pasado, está abocada a ser cada día más sesgada y llena de prejuicios, víctima de cortapisas generacionales, traumas de la infancia y avatares de diversa suerte en la lucha por la vida. Esa perpetuación en los mismos quehaceres, si bien dota a sus agentes de experiencia, es fuente de inercias, vicios, rutinas, servidumbres, intereses creados y vaya usted a saber qué cosas feas. Así que pasan los años y seguimos, de un lado, con los planes de choque y las licencias para construir indiscriminadamente y, de otro, con museos para todos los gustos mas sin la oficialidad del asturiano, aunque ha llegado el momento de construir un buen pantano en Caleao.
No se trata de cerrar ni el Museo del Jurásico ni el de la Prehistoria, apenas recién inaugurado, sino de dejar que gentes de otras generaciones asuman protagonismo y propongan nuevos dilemas y nuevas soluciones. Se trata de que sople el aire y se mueva la atmósfera, porque llevamos demasiado tiempo con las mismas nubes colgadas del cielo.
MIGUEL RODRÍGUEZ MUÑOZ. ESCRITOR.
