Solo a efectos de calendario -y de salud mental, claro-, podemos celebrar el fin de la campaña para las elecciones municipales y autonómicas porque el lunes empieza la de las generales. Mejor dicho, el lunes se reanuda la campaña de las generales aunque menos codificada. En esa clave debemos interpretar los resultados del domingo y en esa clave ha transcurrido la campaña que termina esta noche. Lo prueba la intensiva bajada a la arena de los dos primeros espadas del ruedo ibérico.
Si Zapatero y Rajoy se han puesto el mono de trabajo es porque ambos consideran abierta la batalla por la Moncloa. Normal en el aspirante y preocupante en el titular. Que después de tres años con todo a favor en el ejercicio del poder, incluida la excelente situación económica, Zapatero tenga necesidad de implicarse personalmente hasta el punto en que lo ha hecho, significa que no ha progresado adecuadamente como gobernante. Algo que, por otra parte, viene cantado por los sondeos.
Todas las encuestas certifican el llamado 'empate técnico' o una ventaja socialista en intención de voto siempre menor a la conseguida en las últimas elecciones generales. El partido está por jugarse pero si la realidad confirma estas mediciones en los comicios de 2008 -o antes, si hay disolución anticipada de la Legislatura-, sería la primera vez en la historia de la moderna democracia española que el electorado no hubiera elegido a un presidente del Gobierno para una segunda Legislatura con más apoyo que en la primera.
A estos efectos, los resultados del 27 de mayo funcionarán en todos los análisis como una macroencuesta -suma de votos en los más de 8.000 ayuntamientos españoles-, de la singular batalla por el poder entre Zapatero y Rajoy, en la que se ventila la muerte política de uno de los dos. Empezando por una constante del último cuarto de siglo: el partido ganador de unas municipales gana siempre las próximas generales. Y siguiendo por los datos de participación tomados de esa misma suma de votos en ayuntamientos, única magnitud a escala nacional disponible en la noche del domingo.
A pesar de que el domingo se elige a los gobernantes de más próxima relación con los ciudadanos, el abstencionismo de estas elecciones es un clásico. Siempre al menos diez puntos por encima del registrado en generales. Eso juega contra el PSOE. Todos los estudios detectan la marca socialista en los mayores porcentajes de votantes de generales que luego se abstienen en municipales y autonómicas. Sobre todo en grandes áreas urbanas. De ahí la obsesión de Zapatero por movilizar al votante tibio de la izquierda, el que Aznar movilizó el 14-M para llevar a Zapatero a la Moncloa, frente a unos votantes de la derecha muy motivados para llenar las urnas de papeletas del PP. Y de ahí que Moncloa haya celebrado la irrupción de Aznar en el tramo final de la campaña.
Lo demás habrá que medirlo en términos de más o menos poder institucional para el PSOE o para el PP, según ayuntamientos ganados o perdidos, según comunidades ganadas o perdidas ¿Quinielas? Uno las tiene, claro, pero es mejor equivocarse en la intimidad.

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