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24 Mayo 2007

Liberarnos del miedo, de Irene Khan en El Mundo

Nuestro mundo está hoy tan polarizado como lo estaba en los peores años de la Guerra Fría. Los derechos humanos -esos valores y principios universales que se supone nos unen- se violan en nombre de la seguridad, hoy al igual que entonces, porque la agenda mundial está impulsada por el miedo, un miedo fomentado y sustentado por dirigentes carentes de principios que alimenta la discriminación, el racismo y la xenofobia.

Pero la hipocresía de la política del miedo es tal que los gobiernos denuncian regímenes, pero se niegan a proteger a las víctimas que huyen de ellos. Las condenas a Corea del Norte no se traducen en una solución para los 100.000 norcoreanos que viven ocultos en China, muchos de los cuales son devueltos a su país. En cuanto a los inmigrantes, aunque alimentan el motor de la economía mundial, sufren el rechazo brutal, la explotación, la discriminación y la desprotección de gobiernos de todo el mundo, desde los países del Golfo a la República Dominicana.

Las estrategias antiterroristas de los estados occidentales tras el 11-S han generado desconfianza hacia árabes y musulmanes, contestada desde el otro extremo con sentimientos antioccidentales y antiamericanos. Las reacciones a la publicación en Dinamarca de las caricaturas de Mahoma ilustran muy bien la situación y sitúan la libertad de expresión y sus límites en el centro del debate.

Pero la libertad de expresión garantiza el derecho a disentir, derecho que sigue reprimiéndose en lugares como Turquía, Filipinas o Rusia. Internet desempeña un papel esencial en la lucha por este derecho: gobiernos como los de Arabia Saudí, China o Uzbekistán persiguen a los internautas y cierran sitios web con la ayuda de las grandes empresas tecnológicas.

Este derecho a disentir se complica en las cuestiones de género, pues las defensoras de derechos humanos corren un doble peligro, como activistas y como mujeres. Aumenta la violencia y aumenta la impunidad de las agresiones, como en Darfur (Sudán), donde las violaciones de mujeres y niñas han crecido a medida que se ha extendido el conflicto, o en Guatemala, donde la mayoría de los más de 2.200 asesinatos de mujeres y niñas desde 2001 siguen sin ser investigados.

Pero no hay nada que simbolice mejor la globalización de las violaciones de derechos humanos que el programa de «entregas extraordinarias» del Gobierno de EEUU. En septiembre de 2006, el presidente Bush admitió lo que Amnistía Internacional ya había denunciado: cientos de detenidos fueron trasladados ilegalmente a Guantánamo y a cárceles secretas de la CIA en varios países. Los informes del Consejo de Europa y del Parlamento Europeo demuestran la complicidad de varios gobiernos europeos, pero Estados Unidos sigue haciendo oídos sordos a los llamamientos para el cierre de Guantánamo. Tampoco se arrepiente de los perjuicios causados a los derechos humanos, cometidos en nombre del antiterrorismo, que han afectado a su autoridad moral sin conseguir acabar con la inseguridad ni en Irak ni en Afganistán.

En cuanto a los territorios palestinos ocupados, la población civil sufre los ataques del Ejército israelí y está en medio de las luchas entre Hamas y Al Fatah. Tampoco en El Líbano, tras la guerra de 2006 entre Hizbolá e Israel, hay mucho espacio para la reconciliación entre las partes, sino un riesgo real de violencia sectaria.

Ante este panorama de los derechos humanos, debemos liberarnos del miedo e invertir esfuerzos a largo plazo. Hay que fortalecer el Estado de Derecho y la democracia, hacer efectivos los derechos económicos y sociales y revitalizar instituciones clave como la ONU. Tal y como ha quedado demostrado en la República Democrática del Congo o en Irak, votar en unas elecciones no es suficiente. El reto es promover un buen gobierno basado en los derechos humanos, una estructura jurídica y judicial eficaz, una prensa libre y una sociedad civil activa.

Ejemplos recientes nutren la esperanza para el futuro: el fin del conflicto en Nepal; varios criminales de guerra africanos están respondiendo ante la Justicia internacional; la presión de la sociedad civil ha llevado a la ONU a elaborar un tratado internacional sobre el comercio de armas; la activista iraní y premio Nobel Shirin Evadi ha comenzado la batalla por los derechos de las mujeres en Irán... Las claves de estos avances han sido el poder de las personas y el compromiso de millones de activistas que están transformando el rostro de los derechos humanos en el siglo XXI. Más que nunca, la esperanza está viva.

Irene Khan es secretaria general de Amnistía Internacional.

© Mundinteractivos, S.A.

Tags: irene khan

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