A CONTRAPELO
Las visitas deberían estar prohibidas por el Código Penal. Ya lo decía Miguel Mihura, y qué razón tenía. Pero esta laguna imperdonable en nuestro ordenamiento jurídico nos aboca ahora a tener que elegir entre las visitas de Corulla al Ayuntamiento de Gallardón y las visitas de Arenillas a Sebastián en el complejo monclovita.
El inmenso electorado no acaba de apercibirse con claridad del programa de los partidos, y se hace un lío entre los que prometen más metro y entre los que prometen más tranvía, entre los que garantizan orden y entre los que garantizan ordenadores. Pero al electorado, en la confusión de los programas, lo que no le pasa desapercibido es el plan de visitas de unos y de otros.
A falta de discernir entre programas, siempre se puede recurrir a discernir entre visitas. Al fin y al cabo, las visitas, a su modo, también forman parte de un programa de visitas, y tienen su fundamento, su porqué y su para qué, lo cual constituye una base sólida y diría que ideal para orientar el quehacer político.
En esta campaña electoral hemos ido teniendo un proceso de reducción y de clarificación de las opciones que, pese a su dificultad aparente, ha terminado por situar las cosas en un terreno muy sencillo de entender. Sobre los programas se ha hablado poco, como es natural, pues un programa no deja de ser una cosa que viene por escrito, y ya es sabido que nadie tiene tiempo de leer ni de su inmediata consecuencia, que no es otra que pensar.
También se ha hablado mucho de la verdad y la mentira, y, francamente, ésa es una temática sumamente ardua, que lleva ocupando a los filósofos un montón de siglos con la patética consecuencia de que la conclusión anda perdida entre la objetividad y la subjetividad.
Se ha hablado también mucho de ETA y del ladrillo corrupto, asuntos arrojadizos y de gran volumen, que no terminan de caber, por distintas razones, por la estrecha ranura de las urnas.
Pero, al final, en un ejercicio de minimalismo y depuración, la decisión última va a estar vinculada a las visitas, al visiteo, un tema españolísimo, flor y nata del realismo galdosiano, del costumbrismo madrileño y del absurdo de Mihura y los demás. Y las tarjetas de visita sí que caben por la raja de las urnas. Un voto y una tarjeta de visita ocupan parecido lugar.
Me acaba de llamar un amigo con el propósito de visitarme, pero se lo he dicho bien claro: no me visites, que me pierdes y te pierdes. Aunque, por otro lado, me hacía ilusión su visita. Y me hacía ilusión porque no recibo visitas -con niños o sin niños- desde tiempos inmemoriales, y eso, a la vista de lo que está sucediendo, significa de forma fehaciente que carezco por completo de poder. Nadie tiene nada que pedirme, nada tengo que dar. Sin visitas que no tocan el timbre, no soy nadie, nada soy.
© Mundinteractivos, S.A.

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