Apenas cuarenta y ocho horas para el fin de la campaña, gracias a todos los dioses. Y en esta recta final sería muy conveniente recordar que, por encima de los ruidosos oráculos, unos cuantos políticos y periodistas que caben en los dos primeros bancos de una iglesia, los españoles votarán el 27-M para mejorar la gestión de las administraciones más próximas al ciudadano. No para que Zapatero nos lleve o nos deje de llevar a una guerra civil. Ni siquiera "para derrotar a ETA y a ZP", como pide Rajoy. "Ahora no toca", como decía Aznar en mayo de 2003, cuando rogaba a los españoles que olvidaran la foto de las Azores al acercarse a las urnas municipales y autonómicas.
Claves que animan el último tramo de una lamentable campaña. Con Aznar de estrella invitada. ¿Está seguro Mariano Rajoy de que su causa electoral va a crecer con la patosa irrupción de su padrino? Debería hacérselo mirar, aunque ya es demasiado tarde. Mientras tanto, el actual líder del PP carga con el último producto del fino pensamiento del ex presidente: "Cada voto que no vaya al PP será un voto para que ETA esté en las instituciones", dijo en Calatayud, tierra de vinos ¿Firma eso don Mariano? ¿Cree también don Mariano que la política de Zapatero nos lleva hacia la guerra civil?
Son preguntas en voz alta del jefe de filas de CiU (Convergencia y Unión) en el Parlamento nacional, Josep Antoni Duran Lleida. Quiere saber si ese discurso lo asume quien hace pocos días le tendía una mano para sondear un posible pacto político PP-CiU, porque, de ser así, se lo pensarían en el partido de Artur Mas. No apura la secuencia el señor Duran, aunque su proverbial sensatez centra el tema y nos alerta con sentido común sobre las enormidades de Aznar. "La España real escoge el domingo a sus alcaldes y a sus presidentes autonómicos, lejos de los terroristas y de los escenarios dantescos dibujados por el ex presidente del Gobierno". Amén, don Josep Antoni.
Por su parte, el aludido, Rodríguez Zapatero, respondió a Aznar, ayer en Zaragoza, del único modo posible, al entender que la parte ofendida es la de los votantes. A ellos se dirige el ex presidente cuando anuncia el reinado de ETA y tal vez la Guerra Civil, si cometen el tremendo error de votar un partido que no sea el PP. Barbaridades de Aznar que vienen a sumarse a otras dos de grueso calibre, también personalizadas en el presidente de un Gobierno democrático. Una, que pretende romper España, balcanizarla, desguazarla y humillarla. Como si la nación a la que Zapatero pertenece fuera lo que el presidente más odia en este mundo. Otra, que trabaja para reforzar a ETA y prepara en secreto un oscuro pacto de rendición del Estado a la banda.
Estos excesos nos remiten de nuevo a la hondura del ataque de contrariedad sufrido por el PP en su noche aciaga del 14 de marzo. Más hondo de lo que parecía. Pero la amargura de una derrota electoral no puede convertirse en el motor de una tarea de oposición y alternativa. Desgastar al adversario es la esencia de la competición democrática, pero este tipo de acusaciones son productos del odio y no de la rivalidad política.
Lo curioso, y lo triste al mismo tiempo, es que el tigre sobre el que cabalga Mariano Rajoy no es de su colección. No le cuadra en absoluto este estilo abominable al líder del PP. Pero al tigre ya no hay quien lo pare en vísperas de los dos procesos electorales que se avecinan.

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