DURANTE la Guerra Civil, especialmente en el bando insurrecto, los legionarios acuñaron la expresión «abatallonarse» para señalar la pérdida del sentido combativo. Rafael GarcÃa Serrano, en su Diccionario para un macuto, le añadió al término el sentido de renuncia a la gloria. Como, dado el ambiente, no están de más los términos bélicos me parece oportuno desempolvar éste para decir, con la máxima precisión, que José MarÃa Aznar no quiere abatallonarse. Desde su retiro en «Monte Alina», cabe Madrid -equivalente al de Patmos para san Juan-, redobla su ardor guerrero y anuncia su peculiar Apocalipsis. Es natural. El refundador del PP, a quien pueden reconocérsele muchos méritos polÃticos, no abunda en la moderación y lo mismo concibe un brillante plan para la «regeneración democrática», lo que le permitió ganar elecciones y reafirmar la fuerza y la dignidad de la derecha, que renunciar a él para merecer el favor de CiU y sentarse en La Moncloa.
Aznar compensa su timidez con grandes condiciones histriónicas y, cuando le sobreviene el sÃndrome de abstinencia en el gozo del aplauso de las multitudes, salta a la palestra y emite algún exabrupto que alarma a sus adversarios, lo que no está mal, y confunde y perjudica a sus conmilitones, lo que si lo está. Incluso quienes, sin querencias partidistas, entendemos como funesta la gestión de José Luis RodrÃguez Zapatero y su siembra de rencores acomplejados e históricos, tenemos que escandalizarnos cuando el presidente de honor del PP, vigoroso y con la melena al viento, dice que «Zapatero ha conseguido que media España no acepte a la otra media». Es una prédica hemipléjica que invita a reconocer que la media que no es aceptada por el lÃder socialista y los suyos corresponde al desprecio del mismo modo y con idéntica moneda. No se le puede hacer más daño a un Mariano Rajoy que se agota en la campaña electoral en curso para, con los debidos señalamientos, predicar una España superadora de las dos que nos han traÃdo hasta aquÃ.
Todo voto que no va al PP, asegura también el belicoso Aznar, «servirá para que ETA entre en las instituciones». Aún adjudicándole el descuento que le corresponde por el escenario y el ambiente electoreros en que pronunció tan singular machada, la afirmación es rotundamente antidemocrática. Tanto como muchos de los dichos y hechos que trata de combatir y contrarrestar. Nadie, por mucho que madrugue y haga gimnasia, puede atribuirse la exclusiva de la verdad y la recta conducta. EstarÃamos ante un exceso verbal, siempre disculpable, de no ser porque sin esos excesos y descalificaciones el ex presidente se nos quedarÃa en nada. Si descontamos el daño a Rajoy como intención primera de la diatriba aznarÃ, tendremos que pensar que, para no abatallonarse, el lÃder que voluntariamente quiso marcharse lo que ahora pretende es volver.

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