Existen las derechas y las izquierdas en el mundo occidental desarrollado? No me cabe la menor duda de que siguen existiendo. Sin embargo, la actual confusión respecto al contenido de estos términos es más que notable. Creo que la confusión puede aclararse un poco si intentamos reflexionar sobre la situación en que nos encontramos, es decir, si buscamos las raíces sociales y políticas de las actuales sociedades avanzadas. A mi modo de ver, estas raíces tienen un triple origen: el humanismo renacentista, el contractualismo ilustrado y el socialismo.

El humanismo - de ahí el nombre- recuperó de la antigua filosofía clásica, griega y romana la idea de persona individual, del hombre como centro del universo. Junto a ello, dio un impulso decisivo a la ciencia: Copérnico, Galileo y Newton, entre otros, fueron los avanzados de un saber, distinto de la teología y a la metafísica, que desde entonces constituye el principal factor de cambio social: la ciencia es la madre de los avances técnicos que tantas nuevas posibilidades ofrecen a la libertad humana.

Además, en aquellos remotos tiempos también se empezaron a desarrollar dos ideas, las de secularización y tolerancia, que todavía son rasgos definitorios de las sociedades actuales.

El contractualismo ilustrado tuvo como soportes básicos un método y dos valores: el racionalismo, por un lado, y la libertad y la igualdad, por otro. Desde entonces, los tres siguen siendo elementos constitutivos de nuestra cultura social y de ellos surge la idea de unos derechos fundamentales de las personas y la idea de una forma de Estado democrática radicalmente opuesta a las autocracias absolutistas de aquellos tiempos. La lectura de la Carta de Derechos de Virginia (1776), del preámbulo de la Constitución de EE. UU. (1787) o de la Declaración francesa de Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) todavía te ponen la piel de gallina por su contundencia literaria, su altura moral y la vigencia de sus normas.

En tercer lugar, el movimiento socialista de la segunda mitad del siglo XIX y de principios del XX puso sobre el tapete la innegable realidad de que, a pesar de la igualdad de derechos, las diferencias sociales existentes eran inaceptables y, en la práctica, negaban los mismos valores de libertad e igualdad que proclamaban. Todo ello puso en cuestión el sistema económico liberal e hizo imprescindible su cambio o su reforma. Los partidarios del cambio emprendieron la vía comunista y los de la reforma la vía socialdemócrata.

El mundo occidental de hoy ha asumido, en lo esencial y desde la mitad del siglo pasado, todas estas ideas. En cambio, en otras partes del mundo todavía no se ha llegado ni a las primeras etapas humanistas e ilustradas. La pobreza, la violencia, la desigualdad y la falta de libertades mínimas son características de estas sociedades sumidas en el atraso. En nuestro mundo, por supuesto nada perfecto, la situación es, sin embargo, muy distinta. Ello ha dado lugar a que, en ese mundo occidental, los términos políticos de derecha e izquierda se hayan transformado y el radical enfrentamiento de hace cien años entre dos bloques monolíticos, de los cuales uno debe desaparecer para que así el otro pueda triunfar, ha desaparecido. Hoy las diferencias son mucho menores y el grado de acuerdo en cuestiones básicas es mayor. Cierto es que si se contempla el conjunto del mundo y, sobre todo, las relaciones económicas entre países desarrollados y no desarrollados, la situación es distinta. En efecto, nuestro relativo confort está alimentado, y bien alimentado, por la pobreza de otras partes de la Tierra. Allí, probablemente, es razonable que los bloques antagónicos existan. Ahora bien, en Occidente, a pesar de desigualdades indudables, la situación es muy distinta y sus sociedades se acercan mucho más a los ideales que deseaban los humanistas, ilustrados y socialistas de otros tiempos.

Muchos de estos ideales, no hace mucho tan lejanos, al ser asumidos por amplias mayorías - tal como se expresa en muchas constituciones- hacen que el campo de juego en el que dirimen sus diferencias derechas e izquierdas se acote sensiblemente y resulte tan estúpido decir que la derechona quiere retroceder a los tiempos del franquismo como que los rojos quieren colectivizar todas las empresas como en los tiempos de la Guerra Civil. Que esto es mentira es sabido por todo el mundo, pero políticos y periodistas sectarios de uno y otro bando lo utilizan groseramente por carecer de otros argumentos. De ahí el descrédito de los partidos, la abstención electoral, la tensa crispación entre la clase política, que contrasta con la plácida indiferencia de la calle.

Mientras existan divergencias sociales e ideológicas podrá seguir hablándose de derechas e izquierdas. Ahora bien, las antiguas diferencias, en muchos casos, han sido superadas por la historia y, en otros, el debate público es ajeno a la dicotomía derecha e izquierda. Díganme, si no, qué tiene que ver la derecha y la izquierda con el modelo territorial de Estado, la paridad hombre-mujer o el trazado del AVE a su paso por Barcelona. Utilicen argumentos los partidos para defender sus posiciones y no invoquen vanamente las palabras derecha e izquierda para convencer cuando carecen de razones. Quizás entonces, con menos vísceras y más racionalidad, recuperarán la confianza de los ciudadanos.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.