Así como el siglo XVI acuñó la palabra maquiavélico para calificar la ética de Maquiavelo, el siglo XVII definió a Montaigne como egoísta, lanzando este epíteto como apóstrofe contra el autor de los Ensayos. En castellano, la palabra que describe más exactamente a Montaigne es egotista, puesto que según el diccionario de la Academia egoísta es "aquel que profesa un inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente el propio interés sin cuidarse del de los demás"; en cambio, egotista es el "dominado por el prurito de hablar de sí mismo". Paradójicamente, hoy día estamos saturados de egoístas cuando lo que necesitamos son egotistas, pues éstos exploran la identidad humana para hacerla comprensible. Y como la identidad humana es la sombra de un sueño, algo ondulante, voluble y evanescente, cada varios siglos se necesita un Montaigne que levante acta y redacte inventario de lo que hay dentro del yo.
"Soy la materia de mi libro", escribe sincero y cándido el autor, exponiéndose al reproche de Mme. de Sevigne: "Para darnos cuenta de lo inoportunos que somos cuando hablamos de nosotros mismos, basta recordar lo que nos molesta que otros hablen de ellos mismos". Pero yo diría que hay momentos de la historia, como ahora mismo, en que es muy útil que un genio como Montaigne hable de sí mismo. Necesitamos un nuevo Montaigne que complete artísticamente la inmensa exploración científica de la psique iniciada por Freud y Jung.
Los Ensayos de Montaigne, escritos entre 1580 y 1588, son unos de esos pocos libros, como El Quijote,que se vuelven más sabios cuanto más lo devenimos nosotros, haciendo verdad la idea de Emerson: "Tal como eres, así ves". Los Ensayos son uno de los libros más sabios, saludables, valientes y gozosos del mundo. A pesar de lo cual el siglo XVII inventó la palabra egoísta para describir a su autor, Pascal se ofendió ante su personalidad y Voltaire en el siglo XVIII no pudo entenderlo, así Montaigne, como Maquiavelo, añadió una palabra de oprobio al vocabulario europeo. Comparadas al retrato de sí mismo que sumergió en el océano de sus ensayos, las subsecuentes biografías y confesiones de otros personajes europeos, parecen reticentes, vagas y tibias. "El hombre que no ha aprendido a conocerse a sí mismo no es dueño, sino siervo de su vida. Es el explorador sin brújula, el magistrado sin jurisdicción y, al final de la historia, el tonto de la casa".
"¿Qué sé yo?" fue su lema y se dedicó a rumiar no sólo lo que leía, sino lo que sentía viviendo. ¿Por qué no se guardó para sí estas elucubraciones que por sí solas ya le daban placer y provecho?, ¿por qué se empeñó en publicarlas? Porque Montaigne creía que el hombre nunca llegaría a ser feliz hasta que tuviese el valor de aceptar la condición humana: ése es el tema del humanismo del renacimiento. En la edad media la religión había prescrito el comportamiento adecuado, de modo que el hombre no precisaba buscar dentro de sí, sino seguir lo mandado, al contrario de la antigüedad, que había inscrito en el dintel del templo de Delfos "Conócete a ti mismo": ésa volvería a ser, mil años después, la divisa y empeño de Montaigne.
En el siglo XX hemos tenido un Freud pero no un Montaigne, porque Proust era un señorito burgués, Musil un prolijo decadente y Sartre escapó por la vía fácil y estéril de la náusea. Pues si no hay un Montaigne contemporáneo, debemos leer o releer al egotista. La filosofía como "disciplina de la razón y búsqueda de la verdad que pretende la posesión del mundo por el concepto - son palabras de Lipovetsky- no faltará en esta época de self-service individualista: Séneca y Montaigne aparecerán en el mercado de consumo al lado del Prozac, un público buscará en la filosofía consolaciones y recetas empíricas de felicidad". Hasta aquí de acuerdo con el francés, recordando el Menos Prozac y más Platón,pero no en lo que sigue: "La filosofía no es el camino real de la felicidad, la lectura de las obras maestras puede maravillar, apasionar, dar satisfacciones puntuales: pero es poco para acercarse a la vida feliz. Quien lea y medite a los grandes maestros no estará mejor armado para vivir feliz que los demás: ningún filósofo protege de la experiencia de la tristeza, de la desesperación, el dolor o el miedo. En esto me siento hegeliano, la filosofía tiene por tarea provocar una inteligibilidad de lo real y nada más". He aquí, resumidos por Lipovetsky, los errores más recientes, hipermodernos. Primero, que ya decía Josep Pla que el más noble sistema filosófico se venía abajo ante un dolor de muelas y, segundo, que quien hace lo real inteligible no es la filosofía sino la mecánica cuántica y sus derivados en las diversas ramas de la física posnewtoniana. Qué es la materia es un tema de física atómica; qué es el conocimiento lo explicará la neurofisiología. Sólo queda a la filosofía la ética, el arte del comportamiento, no lo que es - que lo explica la ciencia-, sino lo que debe ser. Y ahí una lectura de Epicuro, Séneca y Montaigne puede ser enormemente útil para la vida práctica y para acercarse a la felicidad.
Y dado que Epicuro o Séneca son individualidades de la antigüedad, Montaigne está mil quinientos años más cerca de nosotros y tiene la ventaja de ser un individuo ya europeo, como nosotros, una mezcla de lo grecorromano, lo cristiano y lo bárbaro que Séneca no podía tener. Montaigne, como Shakespeare, delinea al recién nacido hombre europeo, del cual aún descendemos nosotros, y además Montaigne se dedica a dibujarse con todos los recovecos, matices y particularidades. Describiéndose a sí mismo, cual perfecto egoísta, nos hace el inmenso favor de dibujar el mapa del hombre europeo moderno, actual, el que aún somos, pese al superficial baño de hipermodernidad.
Epicuro, Séneca y Montaigne junto con Lao Tse y Buda son, pace a Lipovetsky, de una inmensa utilidad para mejorar la vida: menos ontología y más psicología, menos epistemiología y más ética. El juego de la razón combinando palabras ya no da más de sí para entender lo real: ahora se consigue con laboratorios y matemáticas. Pero saber vivir aún se aprende leyendo a Montaigne.

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