Un alto mando de los Mossos d´Esquadra, entrevistado en televisión, afirma algo que de tan cierto resulta revolucionario: "Las características y detalles del uso del kubotán sólo interesa a los okupas, la mayoría de la gente no se preocupa por el equipo que lleva la policía cuando controla una manifestación". El inspector tiene mucha razón, pero su punto de vista acostumbra a quedar sepultado en el relato por una enorme distorsión de perspectiva. Hemos puesto en primer plano el artilugio de defensa de los agentes en lugar de destacar otros asuntos. Hasta hoy, ni usted ni yo teníamos una idea exacta de las armas que puede usar un agente destinado a evitar y reprimir disturbios. Tampoco hacía falta, la verdad. Dado que vivimos en democracia y la policía está sometida, como corresponde, a un permanente control parlamentario, debemos confiar en las personas cuya responsabilidad es velar por la seguridad de todos. Lo grave del caso no es el punzón sino el escándalo que algunos escenifican al descubrirlo. Y la forma como, por inercia del relato políticamente correcto, se relativiza la violencia que determinados grupos exhiben. Además del agente golpeado el otro día, hay que recordar al guardia urbano gravemente herido en un desalojo reciente.

La seguridad es un asunto demasiado serio para dejarlo al vaivén de esa politiquilla tan catalana de "hacer la tortilla sin romper los huevos". La cuadratura mágica del círculo toma de la realidad solamente aquello que puede proyectar una imagen bondadosa del gobernante. Si por algunos fuera, nunca habríamos tenido policía propia, salvo unos pocos mossos decorativos para desfilar en la Diada y acompañar al president a las fiestas mayores. Jordi Pujol, que tenía del poder una visión más realista que la media del país, solicitó las competencias de prisiones para ejemplificar, precisamente, que gobernar es comerse los huesos, no sólo la carne. Hoy, para el psicoanálisis colectivo, recurrimos al tópico y nos quedamos tan panchos: "Los 40 años de dictadura, ya se sabe, influyen en la visión que tenemos de la policía". Tengo otra hipótesis: nos pesa la irresponsabilidad que una parte de la sociedad tiene a la hora de mirarse en el espejo y asumir las contrapartidas más espinosas del ejercicio de la libertad.

Al joven X, que tiene la ilusión de entrar en los Mossos, se le están quitando las ganas. No se puede trabajar bajo sospecha. Si un detenido acaba en el hospital en coma y luego fallece, como ha ocurrido en Badalona, la inercia general es condenar la actuación de la policía autonómica. Tal vez ayudaría que Saura pusiera algo de convicción en la defensa del cuerpo.